Por meses

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A nadie se le escapa que la educación ha desempeñado un papel muy importante en la tradición libertaria, tanto en el nivel teórico como en el nivel práctico. Son muchas las aportaciones que los pensadores libertarios han hecho para realizar una educación acorde con sus principios. Y son también muchas las experiencias de educación libertaria que se han dado desde los comienzos del anarquismo.

No se trata en absoluto de una tradición anclada en el pasado, sino de algo que sigue vivo y vigente de maneras bien diversas, como también fue diversa la teoría y la práctica en los orígenes. Hacer visible esta presencia activa, en circunstancias poco favorables, es lo que buscamos con este conjunto de artículos.

Podemos empezar con el recuerdo de lo que fue en sus mejores momentos. Nada más levantarse en armas contra el golpe de estado fascista, los anarquistas organizaron, desde las posiciones de poder que ocupaban en el gobierno republicano, todo un planteamiento educativo acorde con sus principios. Eso es lo que exponen Cristina Escriva y Rafael Mestre en su relato de los hechos acaecidos entre 1936 y 1939 a través del CENU. Eran tiempos duros, pero no fue obstáculo para que se iniciaran experiencias muy valiosas que siguen siendo un referente.

David Seiz aborda el análisis de dos experiencias de educación libertaria que están todavía en funcionamiento.

Una es Summerhill, que no es plenamente anarquista pero que comparte muchos rasgos con la pedagogía libertaria.

Otra es la escuela Paideia que, desde 1975, constituye un espacio educativo completamente diferente a la realidad dominante. Destacar sus méritos no impide hacerse cargo críticamente de sus limitaciones. Son experiencias que se encuentra siempre amenazadas por dos graves riesgos: caer en cierto doctrinarismo y convertirse en un gueto que en ningún momento pone en cuestión el eficaz papel de control social que desempeña en la actualidad el sistema educativo.

Por eso mismo quizá es por lo que Daniel Parajuá ofrece un enfoque muy distinto. En la escuela actual, en la que es de titularidad estatal e incluso en la llamada concertada, es posible hacer presente otro estilo educativo que sirva de referente tanto para los alumnos como para el resto de los compañeros. No debemos poner como excusa que corren malos tiempos, pues es posible aquí y ahora ser un profesor libertario. Y sin duda son malos los tiempos que corren y para que quede claro basta con leer el análisis que hace Rafael Fenoy de la evolución de la gestión de los centros educativos en los últimos 20 años: el retroceso es enorme; desde una tímida, pero esperanzadora, orientación hacia unas escuelas democráticas y participativas, hemos pasado claramente a un modelo jerarquizado en el que unos pocos, el director básicamente, manda al servicio del sistema y los demás obedecen. Mal asunto.

Para terminar queremos recordar con el buen trabajo de Conrado Santamaría y Amalia Fuertes que no solo existe educación formal. Por definición, el propio sindicato debe ser la más inmediata escuela para las personas que en él participamos. Así lo han entendido los órganos confederales, siguiendo una permanente tradición y así ha quedado plasmado en los planes de formación y en las estructuras organizativas. La gente aprende a ser crítica, solidaria y libre si es eso lo que practica en el sendo de su sindicato y más aún si va acompañado de las adecuadas y coherentes propuestas educativas, como queda claro en este último artículo.

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