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Neocons contra pueblos indios: retromodernización y resistencia

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Comisión Internacional de la Federación de los Sindicatos SUD Éducation – Unión Sindical SOLIDAIRES

En una nota de información sobre Oaxaca de abril de 2007, referíamos las pretensiones de José María Aznar, ex presidente del gobierno español de 1996 a 2004 y miembro del Partido Popular (PP[1]), de hacer de teórico para América de la derecha dura mundial que él llama los neocons. En un libro (muy delgado) titulado “América latina, una agenda de libertad”, exponía una doctrina para el subcontinente en la que designaba a los nuevos “enemigos de Occidente”, ya que la izquierda besa la lona desde la caída del muro de Berlín: “el islamismo dyihadista, el altermundismo y las diferentes manifestaciones de indigenismo”; según él, dichos enemigos “forman parte de una alianza difuminada pero operante”.

En aquel momento, tal voluntad de Aznar de dárselas de guía preclaro provocaba sonrisas, es notorio que sus dotes intelectuales no dan para tanto, pero, a dos años de distancia, se constata que se limitaba a expresar fielmente las exigencias de las compañías transnacionales. Para eso no hace falta ninguna genialidad. La “modernización” con que los neoliberales de todos los países nos vienen machacando los oídos apunta en efecto a derribar ciertas barreras morales, políticas y sociales en otro tiempo arraigadas.

El consenso mundial antifascista y antirracista nacido de la victoria sobre el nazismo, el reconocimiento del derecho de los pueblos a disponer de sí mismos y de la igual dignidad de las diversas culturas salido de la descolonización, se han convertido en obstáculos a la explotación sin freno de las cosas y las gentes. De este pasado reciente es del que los “modernizadores” neocons quieren deshacerse. Pero no nos hagamos ninguna ilusión: el porvenir que nos cocinan consiste, a nivel social, en volver a un pasado mucho más antiguo, al siglo XIX cuando no directamente al XVI.

 El despertar indio

 Durante mucho tiempo, se había olvidado a los indios. La América al sur del río Bravo podía con toda tranquilidad autodefinirse como América “latina”. La independencia, conquistada sobre España a principios del siglo XIX, había dado en teoría la igualdad a todos los habitantes del subcontinente, fuera cual fuera su origen, sólo había ciudadanos. En tales condiciones, ¿por qué conservar la diferencia de tratamiento entre indígenas y no indígenas observada por la potencia colonial?, ¿acaso no era eso una discriminación? En nombre, pues, de esa seudoigualdad formal las burguesías agrarias despojaron a los pueblos nativos de sus tierras y territorios. En más de un caso, y en especial bajo el impulso del Libertador Simón Bolívar, se llevó a cabo ese despojo con el nombre de “reforma agraria”: se “daba” a los indios la tierra que era suya, bajo la forma de parcelas que debían obligatoriamente labrar de manera individual. Entre la superficie demasiado exigua de las parcelas y su inexperiencia de trabajo individual, los “beneficiados” no lograban sobrevivir y se convertían en presa de prestamistas que terminaban alzándose con su tierra. En cuanto a la igualdad real, ¡ni pensarlo! Son unos niños, necesitan una firme conducción. Mire, como prueba, ni siquiera supieron conservar la tierra que se les dio…

Claro que de vez en cuando algunas sombras vinieron a empañar aquel idílico cuadro autocolonial. En la Revolución mexicana de 1910-1917, por ejemplo, la sublevación dirigida por Emiliano Zapata ya era un auténtico levantamiento indio, y su Plan de Ayala un programa que incluía el modo de vida y explotación de la tierra tradicional de los pueblos indígenas, es decir, basado en una organización comunitaria. Pero la Constitución de 1917 sólo recogió algunos aspectos del Plan de Ayala, Zapata fue asesinado, y la reforma agraria se demoró y se demoró.

En el transcurso de los años 70 a 90 del siglo XX, sin embargo, las cosas comenzaron a cambiar. Con grados distintos y bajo formas a veces muy dispares, todos los países del subcontinente presenciaron un despertar de la conciencia india y el desarrollo de organizaciones específicas. Aparte de México con el alzamiento zapatista, esto ocurrió en especial en dos de los países más indios de América, Bolivia y Ecuador.

Aquí, un paréntesis: resulta muy difícil conocer realmente el número de indios de cada país. Las estadísticas, cuando existen, sólo contabilizan como tales a los que siguen viviendo en las comunidades tradicionales. Cuantos se fueron a la ciudad a buscar trabajo se censan como “mestizos”, aunque sigan hablando su idioma, mantengan contactos continuados con su comunidad de origen, y reinventen en sus barrios urbanos una parte por lo menos de sus costumbres comunitarias, como suele ocurrir. Ya se vio cuando la Comuna de Oaxaca en 2006 que aquellos indios urbanos conservaban lo esencial de su cultura, y eran capaces de imponer a los grupos políticos locales un modo de organización típicamente indígena.

Aquel renacimiento de un movimiento indio específico, a veces fue difícil y caótico, tuvo en contra no sólo a los poderosos de cada país, sino también a la izquierda y la extrema izquierda, que denunciaron en la organización en base étnica una “división del pueblo” (fingiendo ignorar que, en países como Bolivia o Ecuador, desde los campesinos hasta los mineros, todo el que trabaja es indio…). El poder lo hizo todo para corromper a los militantes más destacados, ora con dinero, ora con honores. Pura pérdida: la esencia misma del movimiento indio es lo colectivo; aunque se deje comprar algún portavoz, en el acto se levantan otros para sustituirlo.

Así se llegó a la situación actual en la que dos países  por lo menos, Bolivia y Ecuador, tienen gobiernos que, piénsese lo que se quiera del detalle de su política, se apoyan de manera explícita en lo que el peruano José Carlos Mariátegui, marxista heterodoxo, llamaba en los años veinte del siglo pasado “el comunismo indio”[2]. Se podría esperar que el actual mandatario de Paraguay, Fernando Lugo, aun no siendo indio él mismo, se inspire en parte en la fuerte tradición indígena (guaraní) que impregna a su país. Fuera de dichas autoridades reconocidas oficialmente por la comunidad internacional, se han de señalar igualmente las “Juntas de buen gobierno” zapatistas que gobiernan de hecho una parte de Chiapas en México. Y también, aunque fue derrotada brutalmente, la tentativa en el mismo sentido representada por la Asamblea popular de los pueblos de Oaxaca (APPO) en 2006, a la que ya se aludió.

Todo eso no es más que la parte emergida del iceberg. Cada día se ve que la decisión de tomar su destino en sus manos gana terreno entre los pueblos indígenas. Y choca de frente contra las pretensiones de las transnacionales apoyadas por los gobiernos neocons y otros que no se ajustan a esa definición.

 Ofensiva colonial y resistencia indígena

 Presenciamos últimamente una nueva ofensiva de las transnacionales que no deja de recordar las prácticas de los siglos XVI y XVII, ¡con medios técnicos mucho más destructores!

Acordémonos de la historia del “cerro de plata” de Potosí, en la actual Bolivia. En 1545, los españoles descubrieron las vetas. La extracción duró siglo y medio, permitió mandar a Europa dieciséis millones de kilos de plata, que costaron ocho millones de vidas indias. Y un buen día el cerro, minado por más de cinco mil socavones, se hundió sobre sí mismo.

Las transnacionales mineras de hoy tienen el mismo apetito, pero no la misma paciencia. En apenas ocho o diez años exigen vaciar el subcontinente de todo lo vendible. La nueva moda es la extracción a cielo abierto, gracias a los progresos en los explosivos y a unas tremendas excavadoras. Una canción del chileno Patricio Manns rezaba en los años 70 del siglo pasado:

¡Qué carajo! Apenas grito

que hay metal en el potrero,

se viene el gringo desde el norte,

lo saca y deja el aujero.[3]

Se trataba en aquel entonces de un atajo estilístico, de una exageración permitida por la licencia poética. Ya no lo es hoy en día. Y no dice la canción que el mencionado agujero está atiborrado de mercurio o de cianuro usados para separar el mineral. Territorios asolados, selvas primitivas arrancadas de raíz, cerros arrasados, suelos envenenados para siglos… El viejo Bartolomé de las Casas hablaba, en el siglo XVI, de la “destrucción de Indias”. Es exactamente, al pie de la letra, lo que están practicando ahora las compañías mineras, en especial las canadienses.

Y como por casualidad, tales yacimientos se hallan muchas veces en los territorios que las autoridades finalmente habían tenido que conceder a los pueblos nativos. Pasa lo mismo con los proyectos de infraestructuras, carreteras y autopistas en especial, que por puros motivos “técnicos” siempre tienen que pasar — ¡qué mala suerte! — por los territorios indígenas. No es de extrañar, pues, que éstos se rebelen, no sólo para defender sus territorios, sino también para oponerse a la destrucción de la naturaleza amamantadora, destruccción que constituye en sus culturas el mayor crimen.

 Sin pretensión alguna de exhaustividad, recordamos algunos de los grandes momentos de las luchas indias desde hace un año permite medir la amplitud y la extensión geográfica de la movilización.

Colombia, octubre-noviembre de 2008. La Minga de los pobres o Marcha del Cauca. Se trata de una marcha que llevó de Popayán a Cali, primero, y luego hasta Bogotá, a 40.000 participantes de los pueblos nasa, páez, guambiana, embera-chamí, katío, wayúu, pijao, owa, con perdón a los que hayamos olvidado. La minga (o mink’a) es el trabajo colectivo y cooperativo en el mundo andino, y esta marcha de más de 500 kilómetros tenía como fin  demandar el cese de los asesinatos de indios, la mayor parte perpetrados por las llamadas fuerzas del orden (1.244 en aquel entonces, únicamente bajo la presidencia de Uribe), la restitución inmediata de 200.000 hectáreas robadas a los pueblos por ganaderos, el rechazo al Tratado de Libre Comercio (TLC) con Estados Unidos, que incluía para las transnacionales estadounidenses el derecho absoluto a penetrar en lo territorios indígenas para hacer cuanto se les antojara, así como la abrogación de varias leyes de inspiración neoliberal sobre los recursos naturales y la extracción minera. En el curso de la marcha la represión se cobró tres muertos y numerosos heridos. Tres veces Uribe aceptó negociar para retirar luego su palabra. Finalmente, consiguieron la restitución de 7.000 hectáreas, y nada más. Cierto que con un neocons hiperduro al estilo de Uribe, obligarlo a negociar es ya toda una victoria. Pero además, el movimiento sacudió al país durante más de un mes y permitió a no pocos sectores, también en lucha en la misma época, tomar conciencia de la convergencia de los reclamos. La Minga sembró para el porvenir, ahora los indios se integraron al conjunto del pueblo colombiano, lo que antes no resultaba tan evidente.

– Bolivia, 18 de noviembre de 2008. Un encuentro convocado en La Paz por la Coordinadora andina de organizaciones indígenas (CAOI), con sede en Lima (Perú), reunió tanto a organizaciones indias como a movimientos sindicales y populares de Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia, países que conforman la Comunidad andina de naciones (CAN). La resolución final insistía en el rechazo a cualquier Tratado de Libre Comercio  (TLC) con la Unión Europea, “sea por acuerdos regionales o por negociaciones bilaterales”, porque “pone en peligro la soberanía, representa el saqueo a los recursos naturales de nuestros pueblos, y genera una nueva forma de colonización a través de las trasnacionales y el capital financiero”. La resolución también señalaba que “el TLC con la Unión europea, disfrazado de acuerdo de asociación, niega la especificidad nacional planteada por Bolivia, impone temas estratégicos relativos a inversiones, competencia, patentes, compras públicas y facilitación comercial”. Agregaba: “El Banco Europeo de Inversiones (BEI), que tiene más poder financiero que el Banco Mundial y es más autoritario e intervensionista, apoya directamente a las trasnacionales europeas, da préstamos secretos a proyectos de inversión en infraestructura y otros, que terminan trasladados como ‘deuda’ de nuestros Estados y pueblos”.

Perú, abril, mayo y junio de 2009. La “huelga india” comenzada en los departamentos amazónicos (Amazonas, parte baja del Cusco, Loreto, San Martín y Ucayali) se extiende a otras regiones del país: la parte andina del Cusco, Apurímac, Ayacucho, Junín. A pesar de tradiciones culturales bastante distintas y que durante mucho tiempo representaron una valla entre ellos, los pueblos indios de la sierra y la puna (el altiplano central) se juntan en la lucha con sus hermanos de las etnias amazónicas. La causa de aquel movimiento es la promulgación por el gobierno peruano de cinco decretos-leyes que pisotean los derechos que la Constitución peruana, y varios acuerdos internacionales firmados por dicho país (en especial el Convenio 169 de la OIT) reconocen a las comunidades y pueblos nativos. Se trata de abrir sus territorios a las transnacionales para que éstas puedan explotar la madera (la región rebosa especies preciosas), el agua, el gas, el petróleo y diversos minerales. A sabiendas de cómo practican las transnacionales, eso equivale a desposeer a aquellos pueblos de sus territorios. Pero para ellos, agrupados en la Asociación interétnica de desarrollo de la selva peruana (Aidesep), se trata de algo más grave aún que una expropiación: la masacre de la Tierra Madre. Por eso esta vez decidieron oponerse a los decretos-leyes, costara lo que costara. El 5 de junio la policía militarizada intentó desalojar la localidad de Bagua. Peor para ella: los dos pueblos mayoritarios en el lugar, los awajum y los wampi, tienen fama de indomables. Ni los colonizadores españoles, ni los gamonales caucheros de la república autocolonialista pudieron someterlos. Su movimiento, pacífico hasta el momento, se endureció, y contra los helicópteros armados y los rifles de asalto volvieron a salir las lanzas ancestrales. ¡Y ganaron las lanzas! Finalmente, ante la extensión de la “huelga india” como respuesta a la represión, el primer ministro tuvo que renunciar, y se abrogaron los decretos impugnados.

México, junio de 2009. Después de décadas de trámites jurídicos infructuosos, la comunidad nahua de Santa María Ostula (costa de Michoacán) decide recuperar pacíficamente sus tierras comunales del lugar conocido como La Canaguancera, 700 hectáreas usurpadas por un grupo de supuestos “pequeños propietarios” mestizos, ligados con el crimen organizado. Ellos contratan a un equipo de sicarios que atacan a los comuneros el 29 de junio e intentan desalojarlos. Es de notar que dichas tierras se han vuelto sumamente interesantes ya que los gobiernos del Estado y de la Federación han montado allí proyectos de carretera y estaciones turísticas: jugosos negocios en perpectiva para los supuestos “pequeños propietarios” y los funcionarios. Pero la comunidad no se deja desalojar, las mujeres y los hombres que ocupan la tierra recuperada resisten. Apoyada por las comunidades  nahuas vecinas, El Coire y Pómaro, pone en pie una guardia comunal para repeler la agresión y garantizar la posesión de La Canaguancera. Un poco más de un mes después, los 8 y 9 de agosto, se celebró, a pedido e invitación de Ostula, una asamblea extraordinaria urgente del Congreso nacional indígena (CNI) en la tierra recién recuperada, en Xayakalan. En la declaración final de la asamblea, el CNI dedica dos párrafos al derecho a la autodefensa de los pueblos indígenas, lo que constituye una novedad.

 Los citados ejemplos no son sino algunos de los más notables. Hubiéramos tenido que hablar igualmente de la lucha tenaz de los mapuches del sur de Chile contra las transnacionales que invaden y saquean su territorio, y contra el gobierno del país que sistemáticamente les da la razón a los invasores y encarcela a los resistentes indios, en aplicación de leyes antiterroristas de la época de Pinochet; se trata en principio de un gobierno socialista, y no neocons… Hablar también de Chiapas, donde la autonomía zapatista se ve cada día amenazada y agredida, y, sin embargo. se mantiene contra viento y marea.

 Para terminar, algunas palabras sobre Venezuela, ya que en la propaganda neocons las figuras de Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa suelen ir asociadas en un mismo “eje del Mal”. Se trata no obstante de un caso muy distinto. Si resulta innegable  que Chávez se opone de forma espectacular a la dominación económica y política de Estados Unidos y Europa, lo hace desde una perspectiva “desarrollista”. Es decir que, un poco a la manera de la Unión Soviética cuando se daba por consigna “alcanzar y superar a Estados Unidos”. Quiere demostrar que su “socialismo del siglo XXI” es más eficiente que el capitalismo para llegar a los mismos fines en cuanto a modelo de desarrollo. En tal contexto la visión india de democracia en las bases y de un desarrollo compatible con la salvaguardia de la naturaleza y sus recursos representa un estorbo. Quiso la suerte que quien esto escribe encontrara en Argentina a dos delegadas venezolanas que participaron en Córdoba, en octubre de 2007, en un encuentro continental de mujeres. La dos delegadas eran chavistas convencidas. Cuando les preguntamos por el lugar y el papel de los pueblos indios en el proceso venezolano, la respuesta salió clara: “Esos inditos son unos egoístas: sólo piensan en sí mismos, en sus intereses mezquinos, y no en los de la Nación”. Se ve aquí al chavismo oponiéndo una “Nación” abstracta y superior a la decisión de los propios interesados sobre el autogobierno diario y el porvenir de su territorio. Si eso es el “socialismo del siglo XXI”, nos permitiremos quedarnos en una prudente reserva…



[1] Partido fundado por Fraga Iribarne, ex ministro de Franco

[2] José Carlos Mariátegui, Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, 1928.

[3] Patricio Manns, Ya no somos nosotros (chacarera), sacada del disco « ¡Karaxu !, Chants de la résistance chilienne », Expression spontanée, Paris 1976.

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