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Una breve historia del 15-M

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José Candón Mena, Universidad de Sevilla

El movimiento 15-M cumple su primer aniversario. Lo que en principio sólo era una protesta puntual y aparentemente espontánea se ha convertido en un movimiento organizado que en su primer año de vida ha evolucionado ampliando y concretando reivindicaciones y estrategias. El 15-M es sobre todo una llamada a la conciencia, el germen de una nueva cultura política que se abre paso entre las envejecidas pero aún dominantes estructuras de poder. Miles de jóvenes y mayores ya no se creen el mito de esta democracia autoritaria y son cada vez más conscientes de que la movilización es la única forma de alcanzar y defender nuestros derechos y libertades.

 Todo empezó con la coordinación a través de Internet de algunos colectivos y activistas que, agrupados en la Plataforma Democracia Real Ya!, lanzaron la convocatoria a manifestarse el 15 de mayo en más de 50 ciudades españolas con el lema “no somos mercancía en manos de políticos y banqueros”. El terreno estaba abonado para que brotara la protesta. La crisis económica, con un origen financiero y especulativo, lejos de afectar a la banca recaía sobre las clases populares. Mientras que los Estados acudían al rescate bancario incurrían en enormes déficits que luego serían utilizados como excusa para brutales recortes que afectarían de nuevo a los más desfavorecidos. La corrupción en la clase política y el total alejamiento de los ciudadanos la hacía cómplice del expolio. El plan Bolonia, la reforma laboral, el alargamiento de la edad de jubilación, la subida del IVA, la bajada de sueldos de los funcionarios, el recorte del gasto público, la privatización de las cajas de ahorro y de empresas estatales… la lista de agravios era suficiente para explicar la indignación general que se apoderaba de cada vez más capas de la población. Pero junto a los amplios motivos de descontento surgieron también motivos de esperanza que animaron la protesta. La revolución islandesa, wikileaks, protestas en Francia, Reino Unido, Grecia o Portugal y, sobre todo, la Primavera Árabe, que mostró que era posible vencer a las dictaduras, tanto militares como financieras.

 Así, a pesar del desconolocimiento de la identidad de los convocantes, o tal vez gracias a ello, las manifestaciones del 15 de mayo rebasaron todas las expectativas. El empoderamiento de esa tarde hizo que la protesta puntual se transformara en una acampada permanente, primero en la Puerta del Sol de Madrid y luego en las plazas de decenas de ciudades y pueblos. Miles de ciudadanos se acercan a las plazas para interesarse por el movimiento y organizar concentraciones de apoyo que culminan el día previo a las elecciones locales del 22 de mayo cuando, a pesar de la prohibición de la Junta Electoral, se produce un multitudinario acto de desobediencia civil.

 En Barcelona, la policía desaloja violentamente la acampada de Plaza Cataluña el 27 de mayo, aunque la actuación resulta contraproducente y los indignados vuelven a tomarla. No obstante, la ocupación de las plazas de forma indefinida era insostenible, por lo que el propio movimiento decidió cerrar esta etapa con una expansión hacia los barrios. El 28 de mayo se celebran en Madrid las primeras asambleas de barrio. Allí el movimiento se encontró con las luchas previas y apegadas al terreno de lo cotidiano, sirviendo de acicate para impulsar las luchas vecinales e impregnándose de la realidad de los problemas concretos. El 12 de junio se levanta la acampada de la Puerta del Sol en Madrid lo que cierra definitivamente esta etapa.

 Las acciones de protesta del movimiento se diversifican introduciendo nuevos temas y repertorios de protesta. Así, el 8 de junio se organiza una sentada ante el Congreso de los Diputados contra la reforma de la negociación colectiva, introduciendo por tanto la temática laboral. El 11 de junio se convocan concentraciones ante los ayuntamientos de todo el país en el día de su constitución y el 15 del mismo mes se bloquea el Parlament Catalán en protesta por los recortes sociales. En esta acción se producen algunos incidentes sin aclarar que sirven de excusa para criminalizar al movimiento.

 No obstante, éste continúa su actividad y comienza la paralización de desahucios que se convertirá en una característica del mismo. En alianza con la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, organización heredera del precedente movimiento por la vivienda, el 15 de junio se frena el primer desahucio en Madrid al que seguirán muchos otros.

 El 19 de junio se celebra la primera manifestación estatal tras el 15 de mayo. La asistencia supera con creces la primera manifestación lo que evidencia la consolidación del movimiento a pesar de la crisis desatada por los incidentes del Parlament. A su vez se globaliza y se concreta la protesta en la denuncia del Pacto del Euro.

 Al día siguiente comienza una nueva forma de protesta al amparo del 15-M, las marchas indignadas que parten desde diversos puntos de la geografía española para llegar a Madrid y celebrar, el 24 de julio, una nueva manifestación en la capital. El 26 de julio una nueva marcha partirá desde Madrid hasta Bruselas.

 Durante el verano, la Puerta del Sol de Madrid vuelve a tomar protagonismo tras el desalojo por parte de la policía del punto de información del movimiento. Tras el desalojo del 2 de agosto la policía cerca la plaza que tras tres días de movilizaciones es recuperada por los activistas en un gesto simbólico de victoria. El 7 de agosto la asamblea de Málaga acampa frente al Centro de Internamiento de Extranjeros y evita la deportación de un joven argelino introduciendo el tema de la inmigración en la agenda del 15-M.

 El 28 de agosto una nueva manifestación rechaza la aprobación de una reforma express de la constitución para incluir un techo de déficit y el 6 de septiembre, por primera vez, el 15-M se encuentra con los sindicatos y partidos de izquierda, aunque organizando una marcha paralela. Poco a poco el movimiento irá confluyendo con los sindicatos aunque manteniendo una actitud crítica frente a los mismos, en especial respecto a los mayoritarios.

 El 20 de julio se había celebrado en Madrid una asamblea de profesores contra los recortes en la educación no universitaria que dará inicio a la llamada “marea verde” por la educación. El movimiento 15-M irá confluyendo con las distintas “mareas” por los recortes y la política del gobierno. La marea verde de la educación protagonizada por profesores y alumnos, la blanca por la sanidad, la azul de ecologistas y vecinos contra la privatización del agua, la marea violeta de la mujer, la roja de los desempleados, etc. Así el 18 de septiembre el 15-M y diversas mareas confluyen en una manifestación en Madrid por la educación y la sanidad y el 25 de septiembre la Plataforma de Afectados por la Hipoteca convoca manifestaciones por la vivienda a las que se suma el 15-M en unas 41 ciudades.

 Tras un verano en el que el movimiento fue capaz de mantener la conflictividad, el 15 de octubre celebra un nuevo hito con otra convocatoria de manifestaciones que esta vez tienen un eco global. El contexto internacional favorece el éxito del llamamiento global debido al aumento de la conflictividad social en países como Gran Bretaña, Portugal o Francia, el surgimiento de un sector indignado en las protestas de Grecia, el nacimiento en los EE.UU. del movimiento Occupy Wall Street, las protestas estudiantiles en Chile o los indignados de Israel junto con la precedente primavera árabe.

 En el estado español continúa el ciclo de protesta y el 17 de noviembre se celebra una jornada de movilizaciones universitarias que coincide con la octava jornada de huelga en la enseñanza pública. El 12 de diciembre llega a España, importando la idea desde Grecia, el movimiento #yonopago, que proclama la insurrección económica organizando acciones públicas para no pagar el transporte público tras la subida de tarifas. Algunas iniciativas se extienden también al pago de las autopistas.

 El 10 de febrero el 15-M y algunos sindicatos como CGT o CNT dan la primera respuesta a la reforma laboral recién aprobada con una concentración en la Puerta del Sol que termina marchando hacia el Congreso. El 16 de febrero estalla la “primavera valenciana” con las protestas en el Instituto Lluís Vives. Durante semanas los estudiantes y profesores valencianos protagonizan diversas protestas por la educación pública y contra la represión policial.

 El domingo 19 se produce una nueva respuesta a la reforma laboral con manifestaciones en todo el país que van calentando la convocatoria de huelga general. Finalmente, en la huelga general del 29 de marzo el 15-M participa activamente bajo el lema “toma la huelga”. Aunque el movimiento mantiene su actitud crítica con los sindicatos mayoritarios, se acerca al sindicalismo combativo y participa en manifestaciones alternativas y bloques críticos junto con otras organizaciones sindicales y colectivos sociales.

 Con motivo de su primer aniversario, el movimiento se volcó en una nueva movilización masiva para el 12 de mayo. Un año después las manifestaciones en las principales ciudades y pueblos volvieron a ser multitudinarias, enmarcadas en unas jornadas de lucha que en general comprendieron desde el 12 hasta el 15 de mayo. A pesar de las amenazas volvieron a desobedecerse los límites impuestos a las concentraciones en el espacio público que en varias ocasiones fueron reprimidas con dureza. Superando estas dificultades, en torno al 68% de la población, 75% entre los jóvenes, seguía sintiendo simpatía por el movimiento según una encuesta del diario El País.

 Los motivos que llevaron al surgimiento del 15-M se verían reforzados por los acontecimientos. La crisis de Bankia volvería a poner en primer plano el desastre financiero y las injustas ayudas públicas destinadas a cubrirlo. Más de un año después del 15-M y cuatro años después del estallido de la crisis y el hundimiento de Lehman Brothers se hacía evidente la responsabilidad de la banca y la burbuja inmobiliaria. Subrayar esa responsabilidad y hacer rendir cuentas a los culpables se volverá el objetivo prioritario del 15-M en esta nueva etapa. La iniciativa “15-MpaRato” propondrá en este sentido un “plan quinquenal” para juzgar a Rodrigo Rato y otros responsables del agujero financiero tapado con dinero público.

 Acompañando a las movilizaciones por la sanidad del 15 de abril o la huelga de enseñanza del 22 de mayo, que denunciaban los recortes de servicios públicos esenciales, la iniciativa para denunciar a los responsables del agujero de Bankia o las caceroladas contra La Caixa con el lema “La Caixa es Mordor” trazan una línea argumental que muestra a los desmanes de la banca y la especulación inmobiliaria, así como la inyección de dinero público para cubrir deudas privadas, como la causa real del déficit del estado que pretende solventarse con dramáticos recortes sociales. Un argumento que acalla las infundadas versiones oficiales que tratan de culpabilizar a los funcionarios, enfermos, jubilados, desempleados, inmigrantes y a la ciudadanía en general de una situación de la que solo son víctimas. El movimiento 15-M cumple así una función básica de visibilización de una realidad ocultada.

 A su vez, iniciativas locales como la paralización de desahucios o la ocupación de viviendas, como el caso de la Corrala de Vecinos La Utopía en Sevilla, dan respuesta concreta a los problemas reales de la gente que con más dureza sufre la crisis económica.

 En su primer año de vida el movimiento ha sido capaz de mantenerse y de confluir con otras movilizaciones, como las distintas mareas, y con organizaciones sindicales y estudiantiles clásicas. Se ha constituido como un espacio de movilización catalizador de las diferentes luchas sociales y como una identidad abierta desde la que confluir con otras identidades. Bajo el paraguas del 15-M muchos activistas se sienten más cómodos para integrarse en acciones como la huelga general manteniendo su independencia y su visión crítica hacia cierto sindicalismo, pero sin los recelos iniciales de ciertos sectores del movimiento hacia el sindicalismo en general.

 La agudeza de la crisis y el agresivo ataque a las clases populares invita a una confluencia que el 15-M promovió desde el principio. Con el país al borde del rescate y la lección de Grecia, donde los recortes y ajustes sociales impulsados por las instituciones neoliberales muestran su absoluta ineficacia ante una población que ya rechaza en masa la supuesta ayuda europea, el 15-M puede constituir la base de una auténtica oposición a la Europa del capital, sobre todo en caso de que la situación se siga deteriorando.

 Sea como fuere, el valor del movimiento como momento de aprendizaje y repolitización, como estreno de una nueva generación de activistas, como renovación de prácticas y discursos alternativos a veces anquilosados, como cuestionamiento directo a la cultura de la transición dominante y esbozo de una nueva cultura política, es evidente. Puede que el 15-M no haya sido capaz, al menos en este primer año de existencia, de cambiar una sola de las políticas neoliberales que hicieron estallar la indignación, pero sin duda ha contribuido a configurar el actor social que deberá afrontar ese reto en el futuro. Si la situación de hace un año hizo posible la repentina emergencia de esta ola de confrontación social no debería sorprender que, incluso si llega a desvanecerse, resurja con más fuerza en el futuro.

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