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La programática del 15M

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Raimundo Viejo

Cada vez que la multitud irrumpe en la vida política institucionalizada por (y en) el régimen político, la opinión pública suele reaccionar con una serie de tópicos. El primero y más evidente es la crítica a la manera de hacer las cosas y la deslegitimación automática de cualquier forma de política que no sea la prestablecida. Sorprendidos por la inesperada aparición del convidado de piedra, los opinadores del régimen suelen clamar al cielo ensalzando las bondades de la democracia liberal y atribuyen a la desafección, la falta de cultura política o alguna otra tara supuesta a la ciudadanía, el hecho de que las demandas sociales no sean canalizadas debidamente a través de las vías previstas.

 El segundo tópico con el que se suele atacar a la multitud tiene lugar una vez que no se ha podido evitar que ésta interrumpa el normal funcionamiento del régimen. En efecto, cuando plazas y calles se transforman temporalmente en zonas autónomas y el monopolio del Estado es puesto en cuestión por la desobediencia civil, estos mismos opinadores suelen aprestarse a acusar a la multitud de poco profesional o utópica, de desconocer la complejidad de mundo y de ignorar el hecho básico de que no hay más alternativa real que la que es propuesta por el mando.

 Basta con echar un ojo a lo sucedido en el último año para darse cuenta que este segundo tópico no es más que otro ejercicio de incapacidad política; que tras la prepotencia y arrogancia con la que se trata a la gente no hay más que la impotencia del mando ante el poder constituyente. Este viejo esquema ideológico se repite, ciertamente, a cada ocasión y el 15M no ha escapado a sus tediosos mantras. Sin embargo, tampoco es menos cierto que esta línea argumental del despotismo tecnocrático (el pobre pueblo ignorante pide, pero está incapacitado para lograr) ha perdido toda credibilidad.

 En primer lugar, por el hecho básico de que en las sociedades del capitalismo cognitivo la fuerza de trabajo es la que dispone de los conocimientos que producen la riqueza y quienes mandan sólo tienen eso: el control del mando, no del conocimiento. Y aunque el capitalismo cognitivo (un capitalismo en el que el manejo de información ocupa un lugar central en la organización de la producción y reproducción de la sociedad) es de configuración tan reciente como inacabada, esta cuestión viene siendo explicada de largo en la cultura popular por el conocido dicho: “el que sabe, sabe, y el que no, es jefe”.

 Y es que si algo caracteriza al antagonismo contemporáneo es, precisamente, el desequilibrio constituyente que sitúa de una parte el control del conocimiento y de otra el control del conocedor. No es de sorprender, por tanto, que en las últimas décadas los partidos políticos ─las maquinarias de poder a las que la democracia liberal encarga la elaboración de propuestas de gobierno─ hayan sido desbordados por la capacidad del movimiento para ofrecer alternativas programáticas. Poco importa si es  el software libre, la renta básica o la deconstrucción del género; el caso es que hace tiempo que los partidos van a remolque y que, en el mejor de los casos, suelen copiar ─tarde, mal y por lo general con la única intención de hacer asimilable─ la infinidad de iniciativas que nacen en el intelecto colectivo. No es de extrañar, por lo tanto, el interés intrínseco por las propuestas del movimiento, en general, y del 15M en particular.

 Para poder tratar esta cuestión desde una perspectiva que ponga al servicio la invalidación oportunista de la programática del movimiento es preciso, sin embargo, resolver previamente otras dos cuestiones implícitas, a saber: ¿qué agencia política es la del 15M? y ¿dispone esta agencia de algo que se pueda denominar, en rigor, “programa”? El riesgo de no responder a estas preguntas nos puede conducir a dos errores habituales en los análisis: por una parte, pensar que el 15M es “un” movimiento; por otra, que tiene un “programa” como si de un partido se tratase.

 Adelantamos ya de forma sumaria nuestras respuestas: 1) el 15M no es un movimiento, sino una de expresión concreta del mismo; y 2) el 15M no tiene un programa, sino que más bien despliega lo que llamaremos una “programática”, esto es, un conjunto de diagnósticos compartidos y soluciones experimentables, así como las instituciones que los hacen posible, orientados a instaurar el régimen político del común.

 ¿Qué es 15M (y qué no)?

 La irrupción del 15M ha tenido tal impacto que en muy poco tiempo hemos visto como se ha abierto un intenso debate acerca de su naturaleza. El 15M se nos presenta así como un significante de múltiples significados: movimiento social, movimiento de movimientos, clima, sistema-red, acontecimiento, repertorio de acción colectiva… Las definiciones de lo que es o deja de ser son tantas como singularidades intentan explicar qué se oculta tras esta fecha.

 La definición más habitual del 15M lo suele describir como un nuevo tipo de movimiento social cuya novedad estriba en el uso de las redes sociales de la web 2.0 En el lenguaje habitual de las ciencias sociales de inspiración liberal, los llamados “movimientos sociales” son considerados como un actor cuya principal función es, básicamente, detectar y visibilizar por medio de la acción colectiva, los problemas que tiene la sociedad y que corresponde resolver al mando de la misma. En esta visión, huelga decirlo, los llamados movimientos sociales son vistos, al menos en sus visiones más limitadas, como simples detectores de los humos que señalan el fuego antagonista. La convicción última, no obstante, es que son (1) incapaces de solucionar per se los problemas que plantean y (2) en caso de ser de alguna utilidad están obligados a interactuar, cuando menos, con otros dos actores: los técnicos y los políticos profesionales.

 A juzgar por el 15M no parece que esta interpretación siga conservando plena validez: en primer lugar, los llamados movimientos sociales son originados no pocas veces por ciudadanos con un mejor conocimiento técnico y científico del que disponen no pocos técnicos de las administraciones; esto, claro está, si es que no son estos mismos técnicos en su rol de ciudadanos críticos. Sirva de ejemplo paradigmático de esto que estamos diciendo, el caso de los hacker y el software libre. Por más que se quiera exhibir una mayor competencia técnocientífica, resulta evidente que grupos como Anonymous cuestionan el tópico despótico ilustrado de que quien manda, manda porque está más y mejor capacitado e informado. Además, en la coyuntura actual, se han enviado al paro enormes competencias cognitivas que se aplican a dinamizar el movimiento.

 En segundo lugar, los llamados movimientos sociales sólo dependen del político profesional en un doble supuesto: carecer de instituciones propias con las que desempeñar su cometido y asumir que la complejidad de la sociedad requiere la existencia del político profesional. La idea de que sólo son instituciones las instituciones que el Estado ha integrado bajo su monopolio es un lugar común en el discurso hegemónico (y para no pocos activistas) que carece de fundamento. ¿Acaso no es una institución, pongamos por caso, un centro social okupado?

 La defensa de la figura del político profesional, por su parte, suele ignorar que cuando un régimen político refuerza la participación ciudadana y la democracia directa, la profesionalización decae. Sin salir de las democracias liberales realmente existentes, Suiza ofrece un buen ejemplo en este sentido. O por plantearlo en términos más tendenciales y menos sustantivos: ¿cuánta gente debe vivir de la política y cuánto tiempo debe destinar la ciudadanía al ejercicio de la política? Como se puede imaginar, el 15M aporta respuestas de difícil encaje en los argumentos habituales que acompañan el discurso sobre los llamados “movimientos sociales”.

 La lectura del 15M como movimiento social se proyecta más allá de la literatura académica a través de dos líneas interpretativas mutuamente complementarias. La primera incide en leer el 15M como mutación del movimiento social en un sistema-red reflejo de una nueva composición técnica del trabajo en la sociedad postfordista. La segunda enfatiza la importancia que ha tenido el cambio repertorial en el despliegue del movimiento al ir más allá de la manifestación tradicional y buscar en las plazas la creación de un nuevo repertorio de acción colectiva. Sendas lecturas tienen su interés para cuestionar las condiciones deliberativas (sistema-red) y de producción programática (repertorio de acción colectiva), pero a falta de más desarrollos nos han dicho poco de momento sobre los contenidos programáticos y los medios de su producción (la programática propiamente dicha).

 Por último, tal vez menos habituales y más filosóficas, pero no por ello menos interesantes han sido aquellas otras lecturas del significante 15M que lo han interpretado como un “clima” (Amador Fernández-Savater) o un “acontecimiento” (Raúl Sánchez Cedillo). Para estos autores, con cuyo razonamiento nos alineamos al menos en parte, el 15M no sería tanto “un” movimiento, cuanto un acontecimiento que produce un cambio de clima, una mutación de subjetividad provocada por el cambio de repertorio en el paso de la manifestación a la plaza y gracias al cual da comienzo una nueva ola de movilizaciones. Con todo, al igual que las lecturas realizadas desde el paradigma del sistema-red o desde el análisis repertorial, nos dicen poco acerca de los contenidos y la programática del 15M. Su interés, empero, consiste en aportar una lectura que deconstruye la noción de movimiento social, su subalternidad respecto a la política de partido y devuelve la política de movimiento de la subalternidad al terreno de lo político.

 ¿Programa o programática?

 Llegados a este punto podemos cuestionarnos si, efectivamente, tiene sentido hablar de un programa del 15M o si no será más útil recurrir al concepto de “programática”. La distinción entre programa y programática nos remite a las propias diferencias existentes entre dos agencias como son el partido y el movimiento, esto es, dos maneras diferentes de hacer política. Mientras que en el caso del primero el programa tiene por objeto explicitar un contrato electoral con la ciudadanía, en el caso del segundo se trata de las medidas, políticas y acuerdos que la propia ciudadanía, en el libre ejercicio de su autonomía se dota a fin de alcanzar un horizonte emancipatorio. El programa del partido responde a la exigencia de explicitar su oferta de eventual gobierno una vez cada cuatro años, la programática de movimiento lo impulsa día a día, adaptándose a las condiciones que impone a cada momento el antagonismo. El programa responde, por tanto, a la lógica del gobierno representativo, la programática a la lógica deliberativa de la democracia directa.

 De todo lo anterior se deduce que, mientras que el programa de partido es una herramienta estática que difícilmente puede asegurar el rendimiento de cuentas que se espera en una democracia de calidad, la programática es una herramienta dinámica que resulta de la interacción antagonista entre movimiento y mando, fruto de la cual no sólo se van articulando alternativas al presente estado de cosas, sino que se va experimentando en una doble tensión permanente: por una parte, con las autoridades a las que se desafía por medio de la desobediencia (antagonismo); por otra, entre las redes sociales que participan en la movilización (agonismo).

En este orden de cosas, los programas de los partidos a menudo no se encuentran disponibles más allá del calendario electoral. En no pocas ocasiones, cuando consiguen sobrevivir a las contiendas electorales para las que son elaborados ex profeso, resultan difícilmente accesibles al ciudadano. La programática del movimiento, por el contrario, al ser el conjunto de propuestas de solución a los de vectores de crítica con el mundo realmente existente, así como las modulaciones de las mismas o modificaciones en el tiempo, está accesible de manera permanente en la red y se encuentra sometida a una revisión permanente en función de la combinación de los desarrollos antagonista y agonístico del movimiento.

 En efecto, una programática que no sepa mantener el grado suficiente de antagonismo hará decaer al movimiento, agotando su potencia constituyente y facilitando la captura y apropiación por parte de los dispositivos del gobierno representativo. Así ha sucedido con todas las expresiones de la política de movimiento, otrora consideradas por la política de partido como exageración, despropósito o cosas peores y hoy presentadas como políticas de género, medioambientales y de todo tipo. A nadie sorprenda, pues, que en el declive de la ola de movilizaciones en curso se puedan llegar a producir apropiaciones obscenas por parte de los partidos, especialmente los de izquierda (de hecho ya sucede con las iniciativas sobre las hipotecas y otras).

 De igual manera, una programática que no sepa alimentar la discrepancia en el seno del movimiento (el agonismo), que ahogue su pluralismo intrínseco, que aspire a reducir a una propuesta única la diversidad de la multitud, abocará igualmente al agotamiento de la potencia constituyente. El movimiento, tal y como en su día criticó Luxemburgo a Lenin, se funda siempre en la libertad del que piensa diferente. La erradicación de la disidencia bajo los preceptos del centralismo democrático o de su variante postmoderna, el consenso unánime, no suponen para el movimiento más que el principio del fin de la ola de movilizaciones en que se encuentra inmerso.

 Así las cosas, a la hora de determinar los contenidos y los procedimentos de elaboración de la programática hemos de tener en cuenta tanto los cambios introducidos por el movimiento en su interacción con el mando como los resultantes de sus debates internos, de la búsqueda de amplios acuerdos movilizadores sin por ello incurrir en la sacralización del consenso unánime. Sobre este particular es fácil recordar múltiples ocasiones en las que el movimiento se ha visto condicionado por el veto de minorías extremadamente reducidas y más posicionadas en virtud de lógicas identitarias que en la validez argumental y/o propositiva de sus aportaciones. A pesar de ello, el movimiento ha seguido su curso, sobreponiéndose a las objeciones sin sentido; no sin pérdida ni agotamiento activista, ciertamente, pero siempre con un aprendizaje que apuntala los logros programáticos comunes.

 Principales vectores en la programática del 15M

 Dada la complejidad de los procesos deliberativos desarrollados en las plazas, redes sociales y demás espacios de movimiento, no resulta complicado imaginar la dificultad de aprehender la programática en toda su riqueza. Por este motivo, más que desde análisis descriptivos o exegéticos es en la identificación de los vectores que trazan los sucesivos momentos de movilización donde se puede establecer una metodología válida para el manejo de la programática. En este sentido, el movimiento en general, y su expresión desde el 15M más en particular, puede ser visto como el despliegue de diferentes líneas de conflicto con el mando que encuentran en distintos momentos antagonistas más o menos intensos puntos de reformulación estratégica de los acuerdos deliberativos.

 Así, por ejemplo, los éxitos cosechados por la Plataforma de Afectados por la Hipoteca contra los deshaucios han incrementado el peso específico de la vivienda como vector programático, enfatizando su importancia y buscando las fisuras en el régimen allí donde se aunaban a un tiempo la desobediencia civil (el antagonismo implícito en las acciones para parar deshaucios) y la deliberación en los espacios del movimiento (el agonismo de las plazas, redes sociales y demás). A diferencia de otras cuestiones tratadas en las plazas de forma puntual ─pongamos por caso, la reforma de la ley electoral (especialmente destacada en los procesos electorales del 22M y 20N)─, la cuestión de la vivienda ha ido cobrando peso a medida que ha ido pasando el tiempo y que el movimiento ha ido atravesando momentos de antagonismo particularmente intensos (la okupación de edificios como en el caso del 15O).

 En este sentido, el 15M arranca matricialmente con las reivindicaciones de Democracia Real Ya pronto ampliadas por la incansable actividad de los grupos de trabajo, comisiones, subcomisiones y demás espacios programáticos organizados en el movimiento. Los vectores que se apuntaban en el primer documento de DRY eran los siguientes: 1) eliminación de los privilegios de la clase política; 2) contra el desempleo; 3) derecho a la vivienda; 4) servicios públicos de calidad; 5) control de las entidades bancarias; 6) fiscalidad; 7) libertades ciudadanas y democracia participativa; 8) reducción del gasto militar. Sus propuestas sirvieron de punto de partida y en el trabajo de la Asamblea de Barcelona aparecían reelaborados bajo los epígrafes siguientes: 1) eliminación de privilegios de políticos, sindicalistas y representantes religiosos; 2) laboral; 3) vivienda; 4) servicios públicos; 5) fiscalidad; y 6) medioambiente. La Asamblea de Sol, por su parte, desarrollaba una lista de 14 puntos entre los que se reiteraban aspectos como los apuntados (por ejemplo, la “reforma de las condiciones laborales de la clase política” o “Democracia participativa y directa en la que la ciudadanía tome parte activa”) y se incorporaban otros nuevos (por ejemplo, la “reducción del gasto militar” o “recuperación de la Memoria Histórica”).

 Desde un sumario análisis de contenidos no resulta complicado observar la progresión de algunos temas y la caída en el olvido de otros. Así, por ejemplo, la reforma de la ley electoral, tan importante en un primer momento, apenas fue recordada un año más tarde con motivo del #12m15m. En este primer aniversario, de hecho, los vectores se habían concentrado en cinco líneas fuerza: 1) ni un euro más a los bancos; 2) educación y sanidad, públicas y de calidad; 3) por una vivienda digna y garantizada; 4) no a la precariedad laboral/no a la reforma; y 5) renta básica universal.

 Como se puede observar tres de los cinco puntos se corresponden a los vectores en que las conflictividad social ha cobrado más peso: el educativo, con las jornadas de movilización universitarias del 17N o el 29F; la salud, con la ocupación de hospitales y huelgas del sector; y, last but not least, la huelga general del 29M contra la reforma laboral. De los otros dos puntos, el primero ha adquirido más relevancia, si cabe, a raíz del rescate y pronto se verá el impacto de momentos como las acciones de #occupymordor, #bankiaesnuestra, etc. Sobre este particular, sin duda no habrá disensos destacables.

Con el segundo, sin embargo, la cosa ha sido distinta, toda vez que en no pocas asambleas locales la propuesta de renta básica ha suscitado la reacción de sectores partidarios de conservar el marco interpretativo salarial. Sin duda, el reforzamiento de los componentes de la izquierda más conservadora tras el ciclo de la huelga general ha dificultado el reforzamiento del vector programático sobre el que puede pivotar hoy una relectura de la composición social del antagonismo. Con todo, esta tendencia ha sido contrarrestada a su vez por #rescateciudadano y otros puntos de fuga sobre los que ha adquirido más cuerpo la reivindicación de una renta básica.

 A modo de conclusión

 Hace poco más de un año, la política de movimiento atravesó un acontecimiento, el 15M, que marcó un punto de inflexión en la ola de movilizaciones que se venía desplegando a la baja a nivel estatal desde las grandes movilizaciones contra la Guerra de Iraq de 2003. Durante el tiempo transcurrido desde el 15M el movimiento ha ido desplegando una programática fundada en algunos vectores destacados que han ganado más o menos peso según la intensidad de los procesos de movilización que ha llevado adelante las redes activistas. Allí donde ya había una labor previa (caso de la PAH, por ejemplo, o de las universidades, el sindicalismo, etc.) la programática del movimiento ha conocido un notable progreso y consolidación. Donde ha dependido más de la coyuntura y del tratamiento mediático mejor o peor intencionado (caso, por ejemplo, de la ley electoral) las demandas han perdido fuerza.

 De cara al futuro, parece claro que la fortaleza del movimiento radicará en su capacidad para combinar antagonismo y agonismo de manera virtuosa y, más en particular, no dejarse arrastrar por las dinámicas de cooptación partidista. Para bien o para mal, no parece, a la vista del desarrollo y empeoramiento de la crisis, que los incentivos vayan a ser lo suficientemente poderosos como para dividir al movimiento. Queda por ver, no obstante, el despliegue de las políticas represivas y si estas administran el antagonismo por igual o si, por el contrario, optan por reforzar las tendencias de mando en la reconfiguración de la composición social. Al movimiento, en última instancia, el determinar la estrategia con la que invertir en su favor el equilibrio de fuerzas.

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