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La dimensión internacional de la crisis económica

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José Manuel García de la Cruz, Profesor titular de Estructura Económica y Economía del Desarrollo, Universidad Autónoma de Madrid


No es ocioso comenzar recordando que la actual crisis afecta especialmente a las economías desarrolladas y que el origen de la crisis está en éstas mismas. En este sentido,  si se puede hablar de crisis internacional es por el hecho de que, en tanto que la economía mundial sigue pivotando sobre las economías más desarrolladas, el retraso en la superación de la (su) crisis puede terminar por contaminar los ritmos de crecimiento del conjunto de las economías nacionales que participan en el sistema económico mundial, abortando las expectativas de mejora de las condiciones de vida de su ciudadanos. Es, por lo tanto,  la polarización y centralización del actual sistema de relaciones económicas lo que permite hablar de crisis internacional, más allá de la situación concreta de cada economía.

Cabe sin embargo otra evaluación de la situación. En otros términos, la crisis actual sería, también, resultado de la transformación de las relaciones de la economía mundial en un contexto de aceleración de las innovaciones tecnológicas e incremento de la competencia en los mercados, tanto de mercancías como de capitales, a escala mundial. Así, la crisis actual de las economías desarrolladas abre la posibilidad de cambiar la configuración de las relaciones económicas internacionales de tal forma que la centralidad de las economías desarrolladas sea sustituida por una red de relaciona más abierta. La crisis de las economías desarrolladas estaría alumbrando la consolidación de un sistema multipolar, más descentralizado, sustitutivo del orden anterior polarizado y centralizado.

Seguramente, es todavía pronto para conocer cuál será el desenlace la crisis, pero, se puede afirmar, que solamente se asegurará una salida sólida no solamente para las economías desarrolladas, y especialmente europeas, si al mismo tiempo no se logra reorganizar eficazmente el sistema internacional de relaciones económicas. Las razones de esta afirmación no son otras que las derivadas de las consecuencias de la globalización sobre la capacidad operativa de las autoridades nacionales, resultado del incremento de la competencia en los mercados exteriores, la movilidad internacional de capitales y la incertidumbre sobre los tipos de cambio de las monedas nacionales.

En adelante se expone una interpretación de la crisis económica actual y de las transformaciones de la economía mundial, antes de concluir con el recordatorio de algunas condiciones para una salida duradera de la actual situación en el contexto de la globalización.

La crisis resultado de la globalización

Hay que reconocer que los problemas sociales son rara vez resultado de causas únicas a las que atribuir toda la responsabilidad. La tentación de obrar de tal forma es muy fuerte, máxime si se desea lograr explicaciones formalmente simples y bien construidas. Sin embargo, las crisis, salvo las producidas por cataclismos naturales, rara vez pueden ser explicadas por una sola variable o por un solo hecho, son resultado del deterioro de las condiciones de producción, distribución y consumo ante su incapacidad de absorber y neutralizar un cambio profundo y desequilibrante generado en el interior del sistema económico.

Podríamos decir que el crecimiento económico se conserva mientras es posible sostener un equilibrio inestable entre las diversas relaciones sociales establecidas en torno a la producción y la distribución del excedente económico y la satisfacción de las necesidades económicas de la gente. Los desequilibrios pueden conducir a la situación previa, o bien pueden desencadenar un proceso de búsqueda, de creación y de legitimación de unas nuevas condiciones sociales, materiales e ideológicas que restablezcan un nuevo equilibrio de condiciones muy diferentes a las de partida.

Con esta perspectiva, se puede interpretar la crisis actual de las economías más desarrolladas como resultado del proceso de su transformación iniciado en los años sesenta, tiempo en el que se inicia la ruptura de los equilibrios del orden keynesiano que había permitido su alto crecimiento desde los años cincuenta.

Es comúnmente aceptado que, tras la Segunda Guerra Mundial, las economías más desarrolladas admitieron la regulación económica por parte del Estado, que el crecimiento se basó en el fortalecimiento de los mercados nacionales, con el apoyo a la formación de grandes empresas, y la justificación de un cierto proteccionismo comercial. Igualmente el Estado (con mayor o menor intervención) medió en las relaciones salariales  apoyadas en organizaciones de clase (sindicatos y patronales) definidas en torno a la producción, y promocionó el estado de bienestar que actuó como instrumento de distribución de rentas, vía impuestos y gastos públicos. La gestión de la moneda (tipos de interés y tipo de cambio frente a otras divisas) era  una atribución de los gobiernos nacionales y la actividad financiera (de préstamo y ahorro) estaba altamente regulada e intervenida (autorizaciones muy limitadas para la creación de bancos y control de los movimientos de los capitales internacionales).

Todo ello fue posible por la generalización de las aplicaciones industriales de los conocimientos aportados por la ciencia. La siderurgia, la industria química, el ferrocarril, la construcción de automóviles, la aeronáutica y la industria nuclear, entre otros sectores, impulsaron el crecimiento de la productividad y la asalarización de las relaciones de producción. Además, el acceso al petróleo a precios bajos en las economías sometidas políticamente permitió cierto desentendimiento de la importancia de la energía en la configuración de las relaciones sociales y la calidad de vida. La redistribución, mediante incrementos de los salarios reales y las políticas de bienestar, legitimaron el sistema económico capitalista en este modo de regulación, que ha sido denominado como “fordista”. Las relaciones económicas internacionales se organizaron en torno a las instituciones de Bretton Woods con cometidos sobre los mercados financieros internacionales, el empleo del dólar –convertible en oro- como divisa internacional y la regulación del comercio internacional.

Pues bien, desde finales de los años sesenta, este sistema conoció una acelerada transformación: se incrementó la competencia entre las economías más desarrolladas, provocando la ruptura del sistema monetario en 1971, y el crecimiento de los precios de las materias primas, especialmente  – y con fuertes componentes políticos- del petróleo, a partir del año 1973. Se puso al descubierto el agotamiento de las fuentes de productividad tecnológicas que impulsaron el crecimiento postbélico, que obligó a fuertes reestructuraciones industriales que provocaron la caída de ingresos fiscales, al tiempo que el desempleo y las políticas sociales incrementaron los gastos públicos y, en definitiva, la necesidad de buscar fuentes de financiación de las políticas públicas, tanto de las de carácter económico, como las reestructuraciones productivas. El resultado fue la globalización financiera, es decir la liberalización de las prácticas y de los mercados financieros.

Pero este cambio no fue solamente técnico sobre alternativas a la financiación de las políticas públicas, supuso un cambio radical en el funcionamiento del sistema capitalista. Si la cohesión social legitimaba el modelo fordista, la globalización se va a legitimar por los éxitos económicos en los mercados competitivos. De esta forma la intervención pública se entenderá como limitante de las capacidades individuales, los impuestos como costes y las políticas sociales como freno a la competencia.

El resultado ha sido que la financiación de las políticas públicas depende crecientemente de la evaluación de sus resultados en términos de competencia internacional. En un proceso acelerado desde los años ochenta, van a ser las  expectativas sobre los rentabilidad de las inversiones lo que facilite el acceso a la financiación – ahora privada- como consecuencia de la renuncia a la imposición sobre los rendimientos del capital y de la apertura de los mercados financieros internacionales. No será la cohesión social y la redistribución del excedente lo que legitime al sistema, sino la capacidad de competir en el escenario global. El sector financiero se colocó en el centro de decisión del sistema actuando sobre las políticas económicas como garantía de rentabilidad de sus préstamos.

En este nuevo contexto postfordista, la competencia en los mercados internacionales ha sido acompañada de la apertura de la mayoría de las economías nacionales, dejando al descubierto las diferencias salariales (incluidos los componentes indirectos abastecidos desde las políticas de bienestar) de forma tal que la competencia en el contexto de movilidad de capitales se ha establecido entre los salarios, presionando a la baja los salarios reales en todos los países.

En consecuencia, se ha producido una acelerada financiarización de la economía: primero, como consecuencia de la apelación a los préstamos por parte de los gobiernos; segundo, por la incorporación de pequeños inversores a los mercados de títulos; en tercer lugar, con el incremento de las actividades financieras, incluso en las empresas manufactureras, ante la diversificación de los productos financieros y la supuestas garantías ofrecidas.

Como consecuencia se ha producido el incremento del endeudamiento tanto público como privado que no se ha visto correspondido ni con los incrementos de la productividad de las economías, ni con la estabilidad del crecimiento del consumo, sostenido, precisamente, por el propio sistema de préstamos ante la estabilización de los salarios. Las bases de la burbuja financiera ya estaban construidas  desde antes de que comenzara su estallido en 2007.

Transformaciones de la economía mundial

Pero si la crisis financiera no representa ninguna novedad en la historia del capitalismo, sí lo es que la actual está operando en un contexto internacional que, por primera vez, no está controlado por las economías más desarrolladas.

En los últimos veinte años se han acumulado un conjunto de transformaciones en las relaciones económicas internacionales, tales como:

–         La jerarquía en el comercio internacional se ha visto radicalmente alterada por la activa participación de China y otros países, especialmente India, Brasil y otros como Rusia, República de Corea o Sudáfrica y, en general, el amplio conjunto de “economías emergentes”.

–         Se ha incrementado notablemente el número de empresas multinacionales cuyo origen está en economías en desarrollo.

–         La participación de los bienes intermedios en el comercio internacional se ha incrementado notablemente en los últimos años, al igual que el comercio de productos poco diferenciados (comercio intrasectorial) en cadenas de valor mundiales.

–         Aunque  el dólar de los EE.UU., a pesar de la crisis financiera americana,  siga siendo la principal divisa en las transacciones económicas internacionales, la participación de China en la distribución de las reservas internacionales hace que los EE.UU. necesiten de la cooperación de las autoridades chinas en el manejo de su política de tipo de cambio.

–         El crecimiento de las economías emergentes está provocando un incremento de la demanda de materias primas industriales que ha roto la tendencia a su depreciación y ha abierto nuevas oportunidades de crecimiento económico de los países exportadores de las mismas. Especialmente para los exportadores de productos energéticos.

–         El comercio de servicios es cada vez mayor, y son las economías desarrolladas sus impulsoras.

–         Las economías en desarrollo participan de forma creciente en el comercio internacional de productos de alto contenido tecnológico. Sin embargo, los principales desarrollos tecnológicos continúan produciéndose en las economías más desarrolladas.

–         Los movimientos financieros son dominantes en las relaciones económicas internacionales, siendo las entidades de las economías desarrolladas sus actores principales.

Todos estos cambios se han generado por las políticas de liberalización y apertura de las economías defendidas desde las instituciones multilaterales. Sin embargo, y paradójicamente, han actuado contra ellas. La importancia del Banco Mundial se ha disuelto en la desmesura de los mercados financieros privados, el Fondo Monetario Internacional que encontró en la defensa de la globalización un nuevo papel tras la crisis del patrón cambios oro en 1971, es incapaz de hacer propuestas no ya sobre la solvencia de las entidades financieras, también sobre la alternativas a las crisis fiscales de las economías más desarrolladas. Y la Organización Mundial de Comercio, presentada en 1994 como la nueva gran organización destinada a gobernar la globalización, apenas es capaz de mantener abiertas las negociaciones de la Ronda de Doha de liberalización económica al cabo de once años de su inicio.

La complejidad de las soluciones

La prolongación de la crisis está afectando a la credibilidad de la política. En Europa se han extremado las políticas de ajuste, en el Reino Unido y en Estados Unidos se han combinado con otras más incentivadoras del crecimiento económico, sin embargo y aunque los resultados están siendo ligeramente más positivos para éstas últimas, no hay duda de que no se ha acertado en las soluciones. La interrelación comercial, la competencia en costes de producción, las dificultades ante la movilidad de los capitales para delimitar bases impositivas sobre las que edificar alternativas a la recaudación impositiva, hacen que todas las políticas, en definitiva, no consiguen sino “ganar tiempo” (es decir, perder tiempo) a la espera de que desde algún e imprevisto lugar (China, los BRIC, ¿?)  se consolide una recuperación suficientemente fuerte que impulse el crecimiento general.

En las economías en desarrollo y especialmente entre las emergentes, las carencias sociales acumuladas ofrecen la oportunidad de emplear el mercado nacional, e igual papel están jugando  las crecientes relaciones entre ellas, para relanzar su crecimiento económico. No obstante, los niveles de productividad y bienestar social todavía permanecen alejados de los correspondientes a las económicas de mayor desarrollo.

En este escenario de incertidumbre, aunque con alguna excepción, los bancos se van saneando con ayudas de los poderes públicos, por lo que en cualquier momento se recuperará la actividad en los mercados financieros. Es deseable que la reciente experiencia les haga más prudentes en un futuro y abandonen la ingeniería financiera a favor de la financiación de inversiones rentables y socialmente productivas, por otro lado, fuente tradicional de su negocio y de su aceptación social.

Pero, ¿basta con estas soluciones? La crisis será superada con altos costes sociales en términos de empleos, disminución de rentas y pérdida de derechos sociales. ¿Será una solución duradera? Seguramente no. La competencia por los recursos naturales irá en ascenso, las limitaciones productivas y medioambientales cuestionarán más el modelo energético y la competencia entre salarios no hará sino acelerar el empobrecimiento de amplios sectores de  población que no podrán acceder al mercado de trabajo. La gestión de la innovación no puede limitarse a la captura de ganancias transitorias a costa de la destrucción de empleo, también debe reordenar el tiempo de trabajo, disminuyéndolo.

La posibilidad de un incremento acelerado de la producción, tras la generalización del uso de las nuevas tecnologías y el riesgo de desplome del consumo como consecuencia de la disminución de las rentas salariales, precisa de una profunda reflexión sobre la organización de la actividad económica, la producción, su distribución y la satisfacción de las necesidades individuales y colectivas. Igualmente es necesario revisar las relaciones internacionales a fin de que universalicen, en vez de limitar, los derechos sociales, a partir de una mayor democratización de la gestión de los problemas mundiales. Y, sobre todo, se han de renovar y fortalecer los mecanismos de participación y control social, que legitimen la nueva organización. En definitiva, se ha de proceder a repensar el sistema económico mundial.

Bibliografía

García de la Cruz, J. M y otros: La economía mundial en transformación. Madrid: Ed. Paraninfo, 2011.

Glyn, A.: Capitalismo desatado. Madrid: Los libros de la catarata, 2010.

Martínez González-Tablas, A.: Economía política de la globalización. Barcelona: Ariel, 2000.

Martínez González-Tablas, A.: Economía política mundial (I y II). Barcelona: Ed. Ariel, 2007.

Polanyi, K. [1944]: La gran transformación. Los orígenes políticos y económicos de nuestro tiempo. México: Fondo de Cultura Económica, 2006.

Tapia, J.A. y Astarita, R.: La gran recesión y el capitalismo del siglo XXI. Madrid: FUHEM, 2011.

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