Por meses

La derrota del sindicalismo

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Chema Berro

Si  nos remontamos a los periodos rugientes del sindicalismo, aun sin idealizaciones, éste puede ser admirado como un movimiento valioso, tanto en capacidad de conseguir mejoras inmediatas, como en cuanto capaz de aunar y hacer efectivas voluntades y aspiraciones de cambio social. Pero no es menos cierto que el sindicalismo actual nada tiene que ver con lo que fue.

Sería suficiente remontarse a los últimos cuarenta años de nuestra última etapa de libertad, todo lo relativa que se quiera, y actuación sindical para apreciar lo mucho que el sindicalismo ha evolucionado. El sindicalismo iniciado en los setenta hereda una trayectoria de lucha obrera autónoma, participativa, que supone un desafío y una amenaza  a lo existente, en la que los conflictos se aunaban y extendían y las conquistas se generalizaban rápidamente, llegando al conjunto de trabajadores. Es cierto que en esa época éramos una sociedad con un nivel de consumo bajo, casi pobre, y que la situación política del franquismo terminal añadía un plus de motivación a la movilización.

Pero más que recoger esa herencia el sindicalismo la tira por la borda en poquísimo tiempo, demostrando que es “otra cosa”. El sindicalismo es lucha obrera pero pasada por numerosos tamices, tanto de puntos de vista previos como de intereses diferenciados, que la condicionan decisivamente en unos casos y, en otros y en definitiva, se le anteponen. Lo cierto es que al poco de iniciarse el proceso de sindicalización de aquella lucha obrera autónoma, combativa y expansiva no queda apenas nada. Y no solo es un problema de que hayan gestionado mal el bagaje recibido, ni solo de que el sindicalismo que se instaura no haya sabido o querido hacerlo de otro modo, los agentes concretos que prevalecen en ese momento tienen influencia indiscutible, pero el problema es más intrínseco al mismo hecho sindical.

 Los cambios en el sindicalismo

El centro del sindicalismo ha sido la reivindicación económica, en primer lugar y la de las condiciones laborales, en segundo. En sus orígenes, en una situación de fuerte explotación y en la que la reivindicación se mantenía a unos niveles próximos a las necesidades básicas, conseguía:

  • Unos niveles de enfrentamiento fuertes en los que se hacía presente toda la perversión del sistema. A más lucha mayor aspiración y mayor acercamiento al cambio social.
  • Unos niveles de solidaridad importantes generados por las situaciones de carencias básicas.
  • Una homogeneización de los trabajadores ya que buena parte de las conquistas alcanzadas se generalizaban con cierta rapidez y acababan afectando en poco tiempo al conjunto de la clase.

Quizá el mayor déficit de ese sindicalismo inicial fue su dimensión internacionalista, sí mantenida como aspiración y bandera pero que no consiguió plasmarse como realidad salvo situaciones y momentos puntuales. La lucha obrera, el sindicalismo consigue crear una “clase obrera” unificada en el seno de cada uno de los países, suscita solidaridades parciales entre las clases obreras de los países industrializados, pero, desde luego, no genera una “clase” a nivel internacional, sino que, todo lo contrario, las diferencias entre las clases obreras de los distintos países comienzan a agrandarse según su grado de desarrollo.

El sindicalismo actual lo reiniciamos en los 70, con la transición y la recuperación de  las libertades, la sindical entre ellas. La lucha obrera de los 70 venía siendo una lucha con un nivel de combatividad importante que se planta como desafío, que genera importantes dosis de solidaridad, unificación de las luchas y generalización de las conquistas…, pero en la que, sin embargo, la aspiración de cambio social ya había remitido. La clase obrera más que aspirar a un cambio del sistema económico, a algún tipo de sociedad no capitalista, reduce su aspiración a ejercer su presión y construir una fortaleza en la que defender e incrementar sus logros, pero dentro del sistema capitalista.

En los 70 se producen una serie de hechos simultáneos que marcarán el desarrollo de ese movimiento obrero surgido en el franquismo: la libertad sindical, la crisis del petróleo, el despegue de la globalización y un enriquecimiento importante de nuestra sociedad que vendrán a modificar considerablemente el panorama de la lucha obrera.

La libertad sindical significó que los y las trabajadoras dejaron de gestionar su propia lucha, pasando a hacerlo las organizaciones sindicales, que son algo más que las trabajadoras organizadas  para la defensa de sus intereses: existen cauces, mecanismos, prerrogativas, formas democráticas de representación, subvenciones, ayudas…que hacen de las organizaciones sindicales algo más que un conjunto de trabajadores que se organizan. La relación trabajador/organización es otra. Existe, sin duda, una relación y correspondencia entre trabajadores y organizaciones sindicales, pero es una relación compleja y diversa, en la que lo central no es la organización como instrumento de lucha, con el resultado de una pérdida de viveza e impulso. Hecho cada vez se irá agravando.

La crisis del petróleo y toda la política de reconversión industrial fue un ataque terrible contra la capacidad combativa de los trabajadores y la entrada en la derrota: significó la voladura de la fortaleza que ellos se habían construido dentro del capitalismo y, además y sobre todo, supone la destrucción de la unidad de clase: ni las luchas, meramente de carácter defensivo, se unifican ni hay conquistas que generalizar. Lo que hay para un sector de trabajadores es un deterioro grave de la situación  y la caída en el paro y la precariedad, siendo difícil hablar de trabajadores como un conjunto social con un suficiente denominador común unificador. Entre una persona en paro, la trabajadora de una subcontrata, y otra trabajadora de la administración o de una empresa matriz los puntos en común van desapareciendo y las diferencias creciendo. Aunque todavía se dan intentos (asambleas de parados, marchas contra el paro, etc.) las organizaciones sindicales, atrapadas por la naturaleza a que las han conducido los mecanismos de su reproducción (afiliación, delegados, subvenciones, aparatos…) se dedicarán a la defensa negociada de los sectores de trabajadores con derechos y capacidades sindicales, dejando de lado el paro, la precariedad y el subempleo, que, en la medida en que se extiende, irán constituyéndose en un cordón que asfixie a los primeros y al propio sindicalismo.

El despegue económico supuso la entrada de la sociedad española en plena sociedad de consumo, lo que significó que la reivindicación sindical (que sigue centrada en lo económico y supeditándolo todo a ella) está por encima de lo que puede considerarse como necesidades básicas y contribuyendo a unos niveles y estilos de vida muy dentro del modelo de desarrollo (y, por tanto, del capitalismo que lo proporciona), homogeneizando lo que fue clase obrera con otras capas sociales, incorporándola a una clase media acomodada y bienviviente. La acción sindical, lejos de sacar y enfrentar a los trabajadores con el capitalismo, los incorpora a él. Naturalmente en ese nivel de reclamación la “solidaridad” pierde fuerza o desaparece, ya que no es suscitada de la misma manera por las carencias en los niveles de subsistencia que por las limitaciones en los accesos a bienes superfluos. No solo no hay una solidaridad entre trabajadores, el consumidor trabajador es enemigo de sí mismo, quiere comprar barato y lo hace en las grandes cadenas comerciales, que desde su monopolización del mercado imponen los precios de compra de los productos y, a través de ellos, marcan las condiciones laborales y salariales en las que deban ser fabricados.

Por último, la globalización dio al capitalismo unos poderosísimos mecanismos de dominación, que no fueron contrarrestados por una evolución en les mecanismos de presión. Todo lo contrario, la amenaza de deslocalización es un chantaje muy efectivo y, además, va acompañada de un proceso de externalizaciones, subcontrataciones, precarización, una alta tasa de paro… que, por un lado, dificultan enormemente los mecanismos de presión obrera y, por otro, les restan eficacia. Hoy las huelgas, sean parciales o generales, salvo en algunos sectores, tienen más valor simbólico que eficacia real, y tal como habitualmente se ejercen están más cerca de la protesta que de la presión.

 De organizaciones sindicales a agentes sociales

Pudiera decirse que el sindicalismo ha sido la última formación de la socialdemocracia, defensora de un estado de bienestar relativo que abarcaba a una mayoría social de aspirantes a “clase media”  con niveles de consumo y bienestar desiguales. Un estado de bienestar fruto del consenso, término que nada tiene que ver con el acuerdo resultante de una negociación a la que se llega tras poner de manifiesto una determinada correlación de fuerza y válido para un determinado momento. El consenso es más bien el punto de encuentro definido por el poder, en torno al que éste conforma una mayoría social y un estado de opinión y consideración de sensatez, y es más duradero que el acuerdo provisional resultado de la correlación de fuerzas de un momento dado.

Supone una renuncia a la confrontación y, por tanto la renuncia de las organizaciones sindicales al conflicto, pasando a contribuir a la desmovilización de los trabajadores. Seguramente hubiera sido difícil mantener el nivel de movilización y la capacidad de presión, frente a las nuevas capacidades de dominación desarrolladas por el poder económico a través de la globalización, pero a esa dificultad se le ha sumado la ausencia de voluntad de mantenerla, y, si no hay voluntad y, difícilmente se pueden buscar fórmulas de ejercerla que recuperen la capacidad de presión. El resultado es que hoy el sindicalismo ha perdido casi toda la capacidad de movilización y que la que es capaz de ejercer no significa un elemento de presión real. Es más, es incluso cuestionable que la movilización que ejerce el sindicalismo busque recuperar la capacidad de presión, sino que parece más pensada en  la defensa de su propio espacio de juego y su marca sindical que de la situación laboral y social.

Es una situación en que la suerte de los trabajadores y de las organizaciones sindicales queda ligada a la del capitalismo. El interés es común: si al segundo le va bien, irá bien a los primeros, y si vienen mal dadas vienen mal para “todos”. El sindicalismo ha admitido en su totalidad el discurso del sistema: productivismo, competitividad, prioridad de los beneficios empresariales que son los que garantizan el futuro… Siendo dominante el interés común, las discrepancias se resuelven pronto y con escaso conflicto: nada de promover algaradas, nada de unificar las situaciones y movilizaciones, los problemas se resuelven acotándolos, dialogando sobre ellos guiados por el interés común y buscando compensaciones para los directamente damnificados. Así venimos funcionando.

El sindicalismo sigue siendo útil a los trabajadores con derechos y compensables. A un trabajador precario, de subcontrata o parado, le sirve de poco; ni el sindicalismo tiene para él compensación que negociarlo, ni ese trabajador tiene voto o poder que aportar a un sindicalismo que no ha sabido o querido incorporarle. Una persona en paro lo último en que piensa es en dirigirse a un sindicato para conquistar el acceso a un empleo a través de la actuación sindical, en el mejor de los casos acudirá como cliente a una de las organizaciones sindicales que funcionan como ETTs.

Pese al mantenimiento de un lenguaje propio y de un papel aparentemente distinto, la derrota del sindicalismo consiste en haber pasado a formar parte de un todo, en haber aceptado un papel dentro de un juego único… La derrota del sindicalismo es su complicidad con el sistema.

La crisis nos pilla en crisis

A este sindicalismo desmovilizado, que no afronta los problemas más graves que afectan a la sociedad, pactista, desentendido de los sectores sociales más castigados, y que ha ligado su suerte a la buena marcha del capitalismo medida por el desarrollismo y la competitividad, a este sindicalismo derrotado y sacado de sí, de repente, el capitalismo le plantea una declaración de guerra a través del desencadenamiento de la actual crisis. Esta declaración de guerra viene a expresarse en algo así como: “aquello del estado de bienestar se acabó, lo quiero todo, no solo lo quiero sino que lo necesito todo, sencillamente me sobráis, me estorbáis, el malestar social me da igual y estoy preparado para afrontarlo, tenéis que dar el breve paso del consenso a la sumisión y cuanta más resistencia tratéis de oponer peor lo vais a pasar”.

Llevamos cinco años de crisis, de declaración de guerra. Ninguna de las medidas que nos han impuesto o nos hemos dejado imponer va en otra dirección que en la de la profundización de la situación y el incremento del ataque, con unas consecuencias ya muy graves para un tanto por ciento muy elevado de la población. Más de cinco millones de personas a las que se les niega la posibilidad de trabajar, permaecen socialmente desparecidas.Y sin embargo la respuesta sindical y social viene siendo muy escasa. Sí que es cierto que han ocurrido cosas, quizás la más significativa el 15M, pero en todo caso muy insuficientes. No parece que se haya avanzado mucho en cuanto a reorientar objetivos para esta nueva etapa marcada por la financiarización de la economía y el acercamiento al agotamiento de recursos; tampoco en la búsqueda de formas de presión real, más allá de alguna huelga general sin continuidad, más presión aparente que real.

Y no parece que la respuesta del sindicalismo vaya a avanzar, ni en la señalización de nuevos objetivos adecuados a la actual situación ni en la búsqueda de formas de actuación para alcanzarlos. Para hacerlo tendría que arriesgar mucho, estar dispuestos a variar el rumbo y ser otra cosa de lo que viene siendo, marcarse nuevos objetivos que respondan a una graduación de las necesidades existentes y buscar nuevos caminos y formas de actuación, con el evidente riesgo de equivocaciones. Pero las organizaciones sindicales tienen muchos elementos de estabilización, los mismos que debieran haber sido su potencial, convertidos hoy en elementos  conservadores y peso muerto, que no incitan a asumir riesgos sino a la actuación dentro  la rutina y la repetición, hoy convertida en mera escenificación.

Los elementos conservadores provienen  de que las organizaciones sindicales están demasiado hinchadas en sus aparatos, con escasos activos propios, muy dependientes de liberaciones, horas sindicales y subvenciones, que se ganan a través de las representaciones obtenidas por los votos y la afiliación. Pero la afiliación significa un grado muy débil de adhesión real a acuerdos y decisiones y la del votante es todavía mucho menor. Se puede votar a una organización sindical por razones de cálculo e interés parcial, manteniéndola, por ejemplo, como tercera fuerza sindical, para que juegue un papel secundario de presión, pero sin confiar en ella ni estar dispuesto a otorgarle nunca la totalidad de la responsabilidad del quehacer sindical. Se puede estar afiliado por interés parcial, por ser esa organización la que mejor defiende un tema que le afecta, pero sin coincidir e incluso estando muy alejado del conjunto de sus objetivos y formas de actuación.

Es una ligazón, la de la persona votante o afiliada, en muchos casos débil y que, por tanto, para según qué decisiones se convierte más en rémora que en acicate, ya que la organización es consciente de la debilidad de esa ligazón y teme perderla o incluso arriesgarla en propuestas que vayan un poco más allá de lo previsible, pues le ha costado, justo es reconocerlo, mucho adquirirla.

El órdago que el sistema está lanzando contra la sociedad, va en serio. Dado el componente ecológico y de escasez de recursos de “la crisis” le es necesario para mantenerse y no va a cejar en él ni a ponerle límite ni freno. Sólo podría ponérselo una reacción social muy distinta y de muchísima mayor envergadura. Distinta en tanto que el chip meramente reivindicativo es, por un lado, insuficiente y, además, falso; la jerarquización y priorización de las injusticias y retrocesos sociales obliga a una actuación que debe ser algo más que reivindicativo. Y de mucha mayor envergadura en cuanto que el mero seguimiento de unas convocatorias planteadas con mucho cálculo y excesivo sentido común no va a ser suficiente; en cuanto que necesitamos tomas de actitud nacidas de la convicción propia y dispuestas a ejercerse en minoría e incluso individualmente, de las que arranquen nuevas formas de actuación y presión social. Nadie entienda, por supuesto, que esto significa considerar que estemos sobrados de convocatorias o que debamos dejar de secundarlas e impulsarlas; estamos faltos de movilización, pero las deficiencias de la reacción social no están solo en el grado de movilización.

Es muy improbable que esa reacción social vaya a darse, mucho más improbable todavía es que esa reacción social pueda provenir del impulso de unas organizaciones sindicales demasiado atrapadas por sus elementos de rutina y pesantez.

Naturalmente, hay que intentarlo. El realismo no puede venir a cortar nuestras aspiraciones, sino a quitarles sus componentes de ensoñación y de autoengaño.

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