Por meses

Editorial LP 73

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La realidad actual aparece increíble. Resulta que para rescatar a la banca tenemos que endeudarnos en unos miles de millones de euros que tendremos que pagar entre todos los ciudadanos, pero la condición que se nos impone para concedernos esos préstamos es la de despedir 6.000 trabajadores, con lo que invertimos contra nosotros mismos. Y de este pelo son todas las “ayudas” que se nos vienen haciendo, cuyas exigencias implican un paulatino empobrecimiento que no parece vaya a tener fin.

Estamos en una especie de tsunami iniciado, parece ser, por las entidades financieras y sabiamente reconducido contra todo derecho, contra toda garantía, contra todo lo público y contra todo lo social. A través de las manipulaciones financieras nos endeudaron a todos de forma colectiva y en muchas ocasiones individualmente, y ahora, vienen a desahuciarnos.

Y no es seguro que esta realidad sea resultado de una mente perversa sino la única forma de supervivencia de un capitalismo competitivo, enfrentado a un paulatino agotamiento de los recursos naturales, necesitado cada día de mayor concentración de la riqueza y del poder.

Cabría preguntarse si es posible otro capitalismo y sería bueno que nos ayudara a responder a esa pregunta cualquiera de los ciudadanos de los países mantenidos en la pobreza, que siempre han venido siendo esquilmados por ese capitalismo, con la colaboración en muchas ocasiones de sus clases dirigentes.

Siempre ha existido un cerco fuera del cual estaba la intemperie de la privación de recursos. La crisis está funcionando como un estrechamiento de ese cerco y quienes ahora vamos quedando fuera somos nosotros. Nuestra sociedad sigue teniendo un nivel de bienestar o de consumo importantes, pero cada día esos afueras se aproximan más y empiezan a presentársenos en entornos cada vez más próximos.

Y el cerco seguirá estrechándose  y nuestro empobrecimiento se hará más profundo imparablemente como una necesidad del capitalismo y su modelo de desarrollo, carentes de toda capacidad de frenado o de cambio de rumbo. Solo una reacción social fuerte y decidida podría ser ese freno.

Pero tampoco parece que estemos en el camino de posibilitar la irrupción de esa necesaria reacción social. Al contrario, colectivamente seguimos siendo una sociedad empeñada en mirar para otro lado, mantenida en la creencia de que el empobrecimiento tendrá un límite y que su carácter será pasajero, y de que los ajustes y sacrificios que nos imponen tendrán su premio, sin querer ver que solo son el anuncio de lo que se nos avecina. Ana Mendes, cierra su artículo publicado en este número, “Portugal 2013 – Un país al borde del colapso”, con una frase atrozmente certera: “El error de Portugal hace dos años fue pensar que no era Grecia, como tal vez el error de España ahora es pensar que no es Portugal. Es que, amigos y amigas, somos todos griegos porque todos somos Europeos”. Ese no querer darnos cuenta de la situación, ese dejarnos engañar por promesas, nos llevan a un  retraso en la contestación social, retraso que nos saldrá caro porque el cuándo de esa posible reacción no deja de ser importante: cada día que pasa nos aboca a una situación peor, y el punto de partida del que pudiéramos arrancar estará cada día más retrocedido.

Es cierto que algo pasa. El 2011 sucedió el 15M, y en 2012 ha habido dos convocatorias de huelga general. La deslegitimación del modelo, tanto económico como político, desarrollada por el 15M  se quedó en eso y las dos convocatorias de huelga no modificaron la situación laboral y social, resultando una realidad que muestra más sus insuficiencias y su no llegar, que sus posibilidades.

En buena medida la “crisis” viene a ser una declaración de guerra del capitalismo a la sociedad, un enterramiento de las políticas socialdemócratas y de las vías de concertación social, mientras que las dos huelgas habidas no son una respuesta a esa declaración, sino que siguen estando en esa estrategia del sindicalismo de pacto, de demostraciones de fuerza en la búsqueda de su recuperación. Y no será fácil  que las organizaciones sindicales mayoritarias pasen a una posición más decididamente beligerante, ni mucho menos que lo hagan con el apremio que la situación requiere.

Para que eso no ocurra CCOO y UGT seguirán contando con el favor de lo establecido, seguirán gestionando, a la sombra de la patronal, bolsas de trabajo, aunque cada vez más precario, y seguirán recibiendo subvenciones, aunque sean menores, que les permitan ejercer un clientelismo menguante y su propio mantenimiento. Pero el cierre de ese espacio sindical ya les está afectando, en la reducción de  sus aparatos por no poder mantenerlos y en la desafección paulatina de alguna parte, no necesariamente la más válida, de sus adherentes.

Sin embargo, ni la pérdida de legitimidad implica que se abran espacios a nuevas realidades ni el adelgazamiento del sindicalismo de pacto se traduce en un incremento del espacio de confrontación ni en una variación significativa de la contestación social,  que viene experimentando un crecimiento cuantitativo, pero que todavía es muy puntual, dispersa y esporádica, resultando terriblemente difícil encontrar formas de actuación que vayan en la dirección de dar respuesta a las injusticias más graves de la actual situación, que incrementen la capacidad de confrontación y presión social y que incorporen a esa dinámica a sectores sociales cada día más amplios.

Todavía la situación parece no posibilitar la respuesta social que conjugue una propuesta suficientemente radical con un eco con la suficiente amplitud, obligándosenos a optar entre la una o la otra, como si el malestar existente estuviera demasiado mezclado todavía con un acceso nada desdeñable a la sociedad de consumo que pudiera más que aquél, como si todavía los elementos de amortiguación prevalecieran sobre los de malestar.

Somos una sociedad con muy grandes desigualdades internas. Del mismo modo que la crisis está agrandando las diferencias entre “ricos” y “no ricos”, también las está agrandando dentro de la mayoría social. Aunque esa mayoría estemos empobreciéndonos, lo hacemos de muy desigual manera. Existen diferencias económicas sustanciales dentro del sector “trabajadores” o del de “pensionistas”, diferencias, además, que, si puede establecerse una línea o franja por debajo de la cual no es posible atender a lo que en nuestra sociedad se consideran necesidades vitales, sitúan a parte de esos sectores claramente por debajo y a otra parte holgadamente por encima, con lo que resulta difícil utilizar estos términos para definir realidades que puedan considerarse homogéneas.

Son esas desigualdades internas las que hacen difícil o imposible que una determinada propuesta social pueda alcanzar un respaldo mayoritario, exigiendo que “lo reivindicativo” tenga que tener otras formas de expresión, dirigiéndose, efectivamente, a un reparto mas justo entre las rentas de capital y las del trabajo, pero también a un reparto más justo entre las rentas del trabajo. Más, sin lo segundo difícilmente alcanzaremos lo primero, pues esas desigualdades son un arma imponente en manos del poder económico.

Junto con la renta básica, el reparto del trabajo parece una reivindicación prioritaria. La jornada de 30 horas semanales, traducida en los equivalentes puestos de trabajo, resulta un objetivo necesario y debiera ser ocasión para una homogeneización interna vía reducción de los abanicos salariales y también par obtener una relación más favorable entre las rentas de capital y las del trabajo. Esto es, el coste salarial de la reducción de jornada ni tiene que ser pagado en su totalidad por los trabajadores ni tiene que se repartido por igual entre los diferentes niveles salariales.

Pero estamos muy lejos de conseguir ese objetivo. Es más, seguramente se nos están imponiendo incrementos de jornada y, simultáneamente, se está abriendo la vía a una reducción del paro a través de minitrabajos y otras propuestas de exacerbación de la precariedad y del deterioro de las condiciones laborales y salariales, también muchos de los conflictos laborales se están saldando con reducciones salariales para mantener el empleo, lo que significará formas de “reparto” que nos irán sendo impuestas y que obrarán en la dirección contraria, en la del incremento de sus beneficios y de sus medios de dominación y el de las desigualdades.

Siendo importante, la jornada de 30 horas, la renta básica o cualquier otra propuesta concreta resultarán insuficientes, necesitamos un cambio de rumbo más general, que abarque la totalidad de los derechos  políticos, sociales y laborales, enfrentándose para ello a temas como la deuda, los déficits democráticos de nuestro marco legal y el modelo de representación, un cambio solo se puede impulsar desde una movilización mucho más decidida.

Una movilización cuya demora o ralentización nos saldrá cara. Basta ver el camino que vamos recorriendo: el relativo bienestar presente, del que ya han sido excluidos importantes sectores sociales, es el bienestar que nos queda, el que todavía no nos han quitado, pero que desaparecerá de mantenerse las actuales dinámicas, de no producirse ese cambio de rumbo impulsado por la movilización social.

Dos huelgas generales en 2012 demuestran más su insuficiencia que su potencialidad. Necesitamos otros ritmos y también otras formas de movilización, sin renunciar a las clásicas. Necesitamos incentivar la movilización y añadirle actitudes de desobediencia a medidas radicalmente injustas y de boicot a determinados productos e instancias comerciales o financieras. Necesitamos sumar y conjugar las actuaciones colectivas e individuales.

Con la “crisis” el capitalismo nos situó en una encrucijada, y toda la gestión de esa crisis ha consistido en andar por una senda equivocada, muy provechosa para los intereses minoritarios, pero socialmente nefasta y que, lejos de las mentiras de reactivación y vuelta a la prosperidad, nos conducirá a situaciones de más profundo deterioro. Impulsar el cambio de rumbo  es necesario y perentorio.

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