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Reformas laborales, crisis y negociación colectiva: una historia de rufianes y pasmados

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Carlos Couso. Sección sindical CGT, VW-Navarra

Desde su entrada en vigor en 1980 el Estatuto de los Trabajadores  ha sido reformado en diversas ocasiones (normalmente a golpe de Decreto Ley del gobierno de turno), con la introducción progresiva de medidas de recorte y eliminación de los derechos laborales, siendo la última de ellas y una de las más salvajes la perpetrada a comienzos de 2012, que ha dejado dicha Ley en lo que ya podríamos llamar el Estatuto de los Empresarios. Una nueva legalidad absolutamente antagónica de aquella otra que fue su originen hace casi 35 años. Acompañando a estas reformas estatutarias se han sucedido desde el año 1980 multitud de Acuerdos y planes nacionales de todo tipo en materia laboral, suscritos por los “agentes sociales” UGT y CCOO y las organizaciones empresariales, que venían anticipando o desarrollando a posteriori esas reformas laborales.

Un ejemplo de esto es el  “Acuerdo Nacional por el Empleo 2012” que firmado por estas organizaciones “sindicales” y empresariales junto con el gobierno del PP, contiene un 80% de la reforma que se decretó apenas unos días después, viéndose en este caso –como en otros anteriores- el papel decisivo que han jugado todos estos “agentes” en el progresivo desmantelamiento del Estatuto de los Trabajadores, en un proceso que nos ha traído hasta la actual situación de barra libre para los empresarios, cuestión que también es fácil de apreciar observando el poco o ningún convencimiento con el que se vienen convocando tarde y mal las repuestas sindicales contra las sucesivas reformas, con las que no se pretende más que guardar las apariencias, sin ir más lejos de lo que pueda ser hacer un gesto puramente testimonial ni prenderlo.

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EL EMPECINAMIENTO EN LA CONCERTACIÓN EN TIEMPOS DE GUERRA

El sucio trabajo de consentimiento y colaboración realizado por estas dos organizaciones burocrático-“sindicales” (?) ha venido siendo puntualmente recompensado con la asignación -a través de los “acuerdos y planes  nacionales (y territoriales) por el empleo” y otros- de enormes partidas económicas salidas de los presupuestos generales del estado y las comunidades autónomas para su gestión privada, prácticamente sin ningún tipo de control por parte de la administración pública. Sobre esta base económica los “agentes sociales”, UGT y CCOO, han podido construir unos aparatos burocráticos sobredimensionados en relación a su afiliación, que les han permitido tejer unas extensas redes clientelares con las que han discriminado y dividido a una clase trabajadora sobre la que -desde su posición mayoritaria calculada por el poder político y económico- han podido ejercer una labor de control y contención en favor de sus pagadores, que no son solo los gobiernos de turno en cada momento, sino también y siempre, los empresarios a golpe de prebenda: enchufismos en la contratación, ascensos, etc…, pago por ERE, privilegios “sindicales” en la empresa, etc, etc..

Este es el secreto a voces que explica por qué hoy en día el capital nos está machacando a los y las trabajadoras de este país sin mayores problemas. Los empresarios han conseguido el marco legal adecuado para ello, aunque no renuncian a seguir mejorándoselo, y se han apoderado de las principales estructuras de defensa de los trabajadores, los sindicatos mayoritarios, que integrados plenamente en el sistema, trabajan para abortar cualquier posibilidad de respuesta seria y de clase . 

Y así, con prácticamente todas las herramientas legales y “sindicales” en su poder, y en un contexto de “crisis” bien organizado, son los propios empresarios quienes provocan todo tipo de conflictos en sus empresas con la intención de abrir procesos de negociación colectiva; a la que, lejos de lo que pasaba décadas atrás, ya no tienen ningún miedo, como ocurría cuando quienes forzábamos la negociación colectiva por medio de nuestra capacidad para generar y gestionar los conflictos colectivos éramos las trabajadoras. En definitiva, los empresarios tienen la Ley de su parte, las burocracias “sindicales” las tienen a sueldo, y a una gran mayoría de trabajadores nos tienen convenientemente individualizados e insertados hasta la médula económica e ideológicamente en su sistema.

 

“(…) obligado por la necesidad, el rico concibió por fin el proyecto más reflexivo que jamás ha entrado en el espíritu humano; y fue emplear en su proyecto las mismas fuerzas que le atacaban, tomar a sus adversarios por defensores suyos, inspirarles otras máximas… ( y así los pobres)  corrieron al encuentro de sus cadenas, creyendo asegurar su libertad”.(J.J. ROUSSEAU (1712 – 1778), “Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres”)

 

Los empresarios pueden contratar libremente, como quieran; pueden despedir de forma colectiva o individual, libremente y a muy bajo coste, como quieran; pueden descolgarse de lo que pacten; lo pueden justificar de cualquier manera, incluso planteando situaciones hipotéticas de futuro; tienen toda la flexibilidad que quieren…, y cuando no tienen algo que puntualmente “necesiten”, ya tienen al PP, al PSOE, a UGT y a CCOO para que se lo proporcionen… Pues nada, a aprovechar el momento…

Así, la negociación colectiva hoy en día no es tal, sino que viene a ser tan solo un “me lo das o te lo quito, porque puedo, y porque vosotros no vais a tener narices de hacer nada, porque tenéis miedo”, planteado por los empresarios. En cualquiera que sea la empresa y cualquiera que sea su situación productiva y económica, en todas partes y en todas las empresas, se está planteando lo mismo: rescindir un porcentaje de los contratos, suspender temporalmente otro tanto, congelar los salarios si no rebajarlos de quienes quedarán en la empresa, introducir dobles escalas salariales, aumentar la jornada y la productividad, vía libre a la subcontratación, etc. Con este planteamiento tan chulesco e injustificado pero legalmente posible, y a la vista está que “sindicalmente” también, venimos funcionando hace tiempo en el camino que nos lleva a los siete millones de desemplead@s…

Y así, el desempleo hoy en día se ha convertido en el epicentro de todos los problemas, el que directa o indirectamente más incide en el discurrir de las relaciones humanas en el ámbito de lo político, lo económico, lo social, y de lo laboral. Pero el desempleo es un problema solo para l@s trabajador@s; para los otros actores sociales, los empresarios y todos los que ostentan el poder económico, es una herramienta que bien usada en los procesos de conflicto y negociación colectiva, les sirve como elemento de presión para imponer recortes en plantillas y derechos con los que potenciar sus beneficios. Los siete millones de personas en paro son su declaración de guerra total.

El desempleo pues, nos representa a los trabajadores un enorme problema tanto para quienes tenemos trabajo como para quienes carecemos de él. La progresiva precarización del trabajo es causa y a la vez consecuencia del desempleo, un ejemplo muy explícito y de lo más paradigmático de la pescadilla que se muerde la cola. Y no es un problema cualquiera; bajo la amenaza del despido y las -bien expuestas socialmente- nefastas consecuencias que puede acarrear hoy en día, las trabajadoras empleadas aceptamos una vez tras otra la progresiva precarización de nuestras condiciones laborales, por puro miedo. Creemos ponernos a salvo cuando aceptamos aumentar nuestra jornada; cuando aceptamos aumentar nuestra productividad sometiendo nuestra actividad laboral diaria a unas condiciones más propias de un deporte de riesgo; cuando aumentamos nuestra disponibilidad a costa de nuestra vida personal, familiar y social; cuando reducimos nuestros salarios; cuando renunciamos a todo tipo de derechos sociales y laborales antes adquiridos en el ámbito de la empresa, etc, etc… Y cada vez que hacemos esto y lo materializamos y convertimos en legalidad pactada en acuerdos y convenios colectivos, reducimos el valor de nuestro trabajo, que es reducir el valor de las personas en el trabajo, nos hacemos cada vez más débiles para combatir los futuros envites empresariales que exigirán una y otra vez mayores cotas de precarización, nos hacemos cada vez más vulnerables ante la amenaza del despido, acrecentando el factor más fundamental de nuestro miedo, pues con nuestra precarización laboral generamos más espacio y más argumentos matemáticos para justificar más despidos, destrozando de paso las pocas expectativas y posibilidades de encontrar trabajo de las personas desempleadas, quienes verán aún más precarizada su vida irreversiblemente marcada y recortada por su situación de desempleo, lo que a la vista de todos aún dará más miedo a los miedosos con empleo.

Este es el círculo sin sentido en el que estamos absurdamente instalados, trabajadores empleados (en el papel de activos-pasivos-disciplinados) y desempleados (en el papel de pasivos-pasivos-desesperados); girando entorno a él, una vuelta tras otra, con la misma irracionalidad con la que antiguamente hacían girar los asnos los engranajes de los molinos y norias que les esclavizaban vitalmente hasta alcanzar su “inservilibidad” para hacer rotar el mecanismo en las condiciones exigidas, momento en el que eran sacrificados (por su bien).

2La racionalidad superior que se nos supone a los seres humanos sobre los asnos debiera hacer que tras haber probado por un tiempo la experiencia, no hubiéramos tardado en concluir que, o bien el mecanismo que nos tiene atrapados y nosotros mismos hacemos girar no está rotando en el sentido correcto, y probar como primera y más tímida alternativa a darnos la vuelta para hacerlo girar en el sentido contrario a ver qué pasa…, o bien a pensar que la maquinaria, gire para donde gire, es una trampa que nos va a perjudicar a nosotros de cualquier manera, y con la que –por tanto- hay que acabar para sustituirla por otra.

En cualquier caso, para buscar una solución por cualquiera de las dos vías y cambiar una situación que nos es más que muy molesta a todos, las personas con empleo tendremos que pasar a desempeñar un papel activo-activo, y entender que ese papel, a desarrollar en el ámbito laboral más directo, pero también en el social por la cuenta que nos trae, va a ser determinante para alcanzar el objetivo.

Si se trata de cambiar el sentido en el que hacemos que gire absurdamente la maquinaria o sistema, deberemos intentar seriamente dejar de ceder derechos ante la patronal, sobre todo una vez que hemos comprobado que esto no nos soluciona nada, sino que, al contrario, nos está complicando mucho la vida a tod@s…, y luchar a cambio por revalorizar la importancia de las personas en el trabajo, al mismo tiempo que entendemos el valor del trabajo para las personas y la evidente necesidad de repartirlo.

PERDER EL MIEDO QUE NOS ENCADENA

Pero para poder optar a materializar esto último -y otras muchas cosas que hemos de perseguir- como fruto de nuestras negociaciones y luchas (cuando las haya de verdad…) en el ámbito laboral y social, los trabajadores con empleo antes habremos de vencer al miedo (a perder nuestro empleo) que nos desactiva. Y para ello, en primer lugar hemos de ser conscientes de que el miedo no nos llega desde fuera ni depende de la amenaza permanente sobre nosotr@s que el sistema ha convertido en uno de los pilares estructurales de su estrategia de funcionamiento, sino que el miedo reside dentro de nosotr@s mism@s, y que simplemente nos surge cuando l@s trabajador@s no sabemos cómo afrontar ni combatir contra esa amenaza. El miedo no es consecuencia de la amenaza, sino de nuestras dudas, de nuestra inseguridad, de nuestra precariedad intelectual e ideológica, de nuestros individualismos, de nuestra falta de referentes, de nuestra falta de convicción, y de otras muchas cosas que solo dependen de nosotr@s mism@s.

3Recuperar todo eso que nos falta es imprescindible para perder el miedo y poder estar a la altura del papel que nos corresponde desarrollar a los trabajadores en este momento histórico. De no hacerlo deberemos considerarnos la peor generación obrera de la historia, aquella que recibió una herencia de derechos ganada por sus antecesores a golpe de lucha obrera y como unos niñatos mal criados la dilapidó dejando a sus hijos un asco de mundo para vivir, de tal manera que no podremos mirar a la cara ni a nuestros mayores ni a nuestr@s hij@s. Deberíamos tener más vergüenza, y más consciencia de esto, y no permitirlo. Nuestra obligación moral y política es dar la talla en una lucha de clases que obviamente nunca finalizó ni finalizará, y que, siguiendo las enseñanzas y referencias que nuestra memoria histórica, nos muestra el camino de la lucha como el más eficaz para conseguir y consolidar derechos.

Y para ello, encontraremos el mejor apoyo y refuerzo argumental en la otra parte de nosotros mismos, esa que nos dice que nosotros también somos los trabajadores desempleados y que tampoco es para tanto lo que nos queda por perder. Y es que, ciertamente, lo somos, o al menos así deberíamos considerarnos, sin necesidad de apelar al compañerismo, la solidaridad, o cualquier otro sentimiento emanado de nuestra (ya no supuesta) conciencia de clase.

Lo somos -de primeras- porque nos merecemos serlo, y de hecho si no estamos ya “de facto” en la situación de desempleo es por el mismo azar que les ha llevado a otras a estar en ella, por circunstancias, o por las decisiones ajenas de una panda de cabrones que quieren aprovecharse de la situación para forrarse todavía más, y que aún no las han tomado, pero pueden tomarlas y aplicarlas en cualquier momento, sabedores de que no van a tener una respuesta preocupante para ellos. Merecemos serlo y probablemente lo seamos porque la inacción, la cobardía y la estupidez durante siglos y hasta hace bien poco jamás se habían considerado un mérito. Claro que ya sabemos que este sistema le da la vuelta a todo… 

            REVERTIR LA NEGOCIACIÓN COLECTIVA

Por todo lo expuesto hasta aquí es imprescindible recuperar el valor transformador de la negociación colectiva que ha quedado anulado por la acción conjunta de la patronal y las burocracias sindicales. Para ello tenemos que luchar por la consecución de distintas formas de reparto del trabajo y de la riqueza que nos permitan alcanzar el objetivo de trabajar menos para vivir mejor y trabajar tod@s. Luchar en el ámbito de las empresas prioritariamente por los objetivos de clase, los que nos unen a las personas trabajadoras empleadas y desempleadas, y, apoyándonos unas en otras, desarrollar esa lucha simultáneamente en las empresas y socialmente en la calle.

Las expresiones de reparto del trabajo y de la riqueza  pueden llegar a ser diferentes en función de los sectores laborales; ya que la base fundamental en la que se sustenta el beneficio empresarial no es la misma en todos los ámbitos laborales. Por ejemplo, en el sector del automóvil, del metal, y otras industrias del capitalismo “clásico”, las empresas consiguen sus beneficios sirviéndose sobre todo de unos elevadísimos niveles de productividad, más que recurriendo a los bajos salarios. La citada productividad está basada en la combinación de unos abusivos ritmos de trabajo en las cadenas de producción con multitud de formas de flexibilidad de la jornada (trabajo en sábados y fin de semana, nocturnidad, bolsas de horas y días por encima y por debajo de la jornada laboral individual, etc.), lo cual supone en su conjunto una grave amenaza para la salud de los trabajadores, para su vida social y familiar, y para el empleo. En estos sectores laborales la defensa de los trabajadores exige ineludiblemente una reducción sustancial de los ritmos de trabajo y la de la flexibilidad de la jornada existente, ya que de no acometerse previamente esa tarea, cualquier reducción de la jornada sería anulada por una productividad galopante que seguiría creciendo.

4En la industria clásica la finalidad prioritaria no debería ser solo trabajar menos días al año, sino trabajar con menos intensidad cada jornada, mejorando las condiciones de trabajo para trabajar mejor (que es trabajar también menos) protegiendo la salud, y que los calendarios resultantes sean compatibles con la vida social y familiar. Respecto a la cuestión salarial, ésta no debiera ser eje central de la negociación como hasta ahora, y no tendría que ser abordada desde el rutinario planteamiento porcentual de conseguir unos puntos o unas décimas por encima del IPC para toda la plantilla independientemente de las categorías profesionales; el planteamiento reivindicativo en este campo tendría que consistir en la eliminación de las distintas escalas salariales, acabando con las discriminaciones económicas a las que son sometidos quienes llevan menos tiempo en la empresas.

En otros espacios laborales el reparto del trabajo y de la riqueza tiene que situarse en otros términos; en la administración pública debería plasmarse a través de la lucha por la reducción de la jornada y contra la eventualidad, siendo el aspecto salarial también una cuestión más secundaria que  debiera ser tratada intentando reducir las escalas salariales, y escapando del tópico repunteo en torno al IPC.

Por el contrario, en otros ámbitos laborales donde las trabajadoras padecen salarios bajos, que cada vez lo son más respecto a otros sectores, la cuestión salarial tiene que ser un objetivo de primer orden que deberíamos situar al mismo nivel que la mejora de las condiciones de trabajo.

Pero los objetivos no son lo único que tenemos que valorar para definir nuestro papel en la negociación colectiva, a su vez es necesario reflexionar sobre nuestras formas de lucha  que es imprescindible que sean más audaces y consecuentes. No solo los trabajadores tienen que mirarse frente al espejo para desprenderse de sus miedos, también lo tiene que hacer el sindicalismo alternativo que en muchas ocasiones está afectado por ciertos pánicos que lo paralizan. Tenemos que tratar de romper los clásicos guiones de la negociación colectiva, diseñados y controlados por los empresarios, UGT y CCOO, y en los que el sindicalismo alternativo se ve atrapado con demasiada frecuencia. En la mayoría de las ocasiones de nada nos sirve consensuar plataformas reivindicativas ni calendarios de movilización con estas organizaciones, pues sabemos de sobra por la experiencia acumulada que abandonarán sus compromisos en cuanto lo consideren oportuno, y con nuestra acción conjunta con estas organizaciones estaríamos dando carta de credibilidad a un “sindicalismo” falso y contraproducente; estaríamos contribuyendo al engaño a los trabajadores. Por tanto, en donde el contexto lo permita, el sindicalismo alternativo a UGT y CCOO debe tener el valor de convocar todo tipo de acciones sindicales y huelgas en solitario, pues nuestra responsabilidad y razón de ser es la de ofrecer a los trabajadores opciones de pelea reales, que sean verdaderamente participativas y signifiquen espacios de confrontación real.

No hay que tener miedo a que estas acciones (de huelga y movilización para la presión en la negociación) puedan tener en principio seguimientos reducidos, porque ese no sería nuestro mayor fracaso, nuestro mayor fracaso sería la inacción a la que nos pudieran arrastrar otras organizaciones como UGT y CCOO o, peor aún, que nos arrastraran hacia formas de movilización diseñadas por ellos para engañar a los trabajadores, fingiendo peleas que no son tales, algo muy característico del “sindicalismo” mayoritario de estos tiempos. Por eso tampoco podemos estar esperando eternamente a que se den una serie de condiciones “óptimas” para movilizarnos  en solitario, que parece ser que se nos tienen que presentar como si fueran diseñadas a escuadra y cartabón; las condiciones las tenemos que crear nosotros mismos a través de nuestra acción diaria y permanente en el tiempo, que habrá de ser coherente con la que desarrollemos puntualmente y de forma específica durante los conflictos y procesos de negociación colectiva.

A su vez, desde los ámbitos laborales tenemos que conectar y buscar alianzas con sectores de los movimientos sociales que quieran superar las dinámicas de oposición testimonial en las que también pueden estar inconscientemente (o cómodamente) instalados; gentes y colectivos que al igual que nosotros valoren que es imprescindible intervenir con acciones que afecten directamente sobre los procesos productivos  para defender a los trabajadores empleados en esas empresas y desempleados por esas empresas.

Nuestra memoria histórica nos cuenta que en los procesos de negociación colectiva en particular, y en los procesos de transformación económica en general, la acción sindical y social directa (de paralización), desarrollada de forma contundente y continua, sobre los procesos productivos es fundamental para alcanzar los objetivos deseados.  Y esto es algo que no solo se debe intentar conseguir desde el interior de las empresas, sino también desde la calle, desde lo social. Esa es la tarea que debería acometer lo mejor del movimiento obrero y de los movimientos sociales, asumiendo tanto unos como otros que no podemos contar para tal fin ni con las burocracias “sindicales” insertadas en el sistema, ni con quienes convierten el espacio de la protesta social en un escenario lúdico-festivo con el que solo pretenden testimoniar un descontento.

En definitiva, nos tenemos que tomar todos este asunto mucho más en serio y entender que como personas, como trabajadores (empleados y desempleados), y sobre todo como organizaciones, que  tenemos que asumir los riesgos que supone una lucha como la que debemos afrontar, pues también tenemos que ser conscientes de que cuanto más tardemos en hacer esto, esos riesgos van a ser más y mayores, y las peores situaciones desde las que afrontarlos estarán más retrocedidas.

Sabemos que da de sí y a qué nos conduce una actuación sindical y social más guiada por nuestro miedo que por nuestro impulso: una negociación colectiva a la defensiva y que renuncia a la pelea, una actuación social reducida a la denuncia y unas movilizaciones generales aisladas y sin continuidad ni decisión. Sabemos que todo eso queda dentro, integrado en lo que hay y sin cambiar nada. Estamos como quien ante una tunda de golpes levanta los brazos para protegerse, esperando a que escampe. Respondemos con posturas defensivas particulares e individualizadas a lo que es una declaración de guerra social. Actitud muy insuficiente en esta situación que exigiría de nosotros una mayor apuesta y riesgo, tanto en los contenidos como en los métodos de actuación sindical y social.

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