José Luis Carretero. Solidaridad Obrera

Decía Anselmo Lorenzo, uno de los fundadores de la Primera Internacional en nuestro país, en su texto de 1908 “Ascendencia y trayectoria del sindicalismo”, con un vocabulario de género típico de su época, que “no necesita gran preparación intelectual un obrero para entrar en la sección corporativa que representa a su oficio (el Sindicato de su Oficio). Ya es miembro de ella naturalmente antes de darse cuenta de ello. Lo que le falta ante todo es saber que se sacrifica y se agota trabajando, y que este trabajo que le mata, insuficiente para el sustento de su familia y para renovar pobremente el desgaste de sus fuerzas, enriquece a su patrón, que es su cruel explotador, su opresor infatigable, su enemigo, su amo, al que sólo debe odio y rebeldía de esclavo, aunque le conceda después, cuando le haya vencido, la justicia y la fraternidad del hombre libre.”
Mucho ha llovido desde entonces. Las victorias históricas de la clase trabajadora han atenuado algunas contradicciones del capitalismo europeo, aunque este se dirige ahora a una regresión a dinámicas de explotación cada vez más descarnadas. Además, el discurso académico e intelectual de la izquierda de las últimas décadas ha puesto en cuestión el mismo concepto de clase obrera y la realidad de la explotación, hasta acabar convirtiéndose en una apología deprimente del derrotismo y del individualismo más solipsistas. Mientras Anselmo Lorenzo llamaba a la clase trabajadora a sindicarse y a luchar con energía por sus derechos, Byung Chul Han (quizás por ello flamante premio Princesa de Asturias) nos conmina a una vida contemplativa y melancólica, dedicada a destilar la angustia provocada por el ubicuo sufrimiento contemporáneo.
Para gran parte de la población actual las cosas no son tan claras como nos las pintaba Lorenzo. La confusión domina las mentes, la desconexión con las tradiciones revolucionarias empuja a la juventud hacia el nacionalismo racial, y las redes sociales actúan como una droga dura que nos abstrae de la realidad al coste de una minoración profunda de nuestras facultades intelectuales.
Por eso es cada vez más importante debatir sobre la necesidad del sindicalismo y sobre las estrategias que de que debe dotarse la clase trabajadora para transformar el mundo. Frente al internet privatizado y colonizado por los tecno-oligarcas, la trama de la vida en resistencia que representan las luchas sindicales asamblearias constituye una vivencia básica para la reconstrucción de las subjetividades y de las comunidades. Quien vive una huelga amplia, organizada “desde abajo” y con un sentido claro de solidaridad, puede ver que la práctica del compromiso consciente y de la alegría de la revuelta no sólo es posible para las y los perdedores de nuestro mundo, sino que abre espacios para una vida que realmente merece la pena ser vivida.
Eso nos permite reflexionar sobre el anarcosindicalismo que queremos. Y, por tanto, avanzar algunas tesis tentativas para abrir debates necesarios. Presento algunas de estas tesis a continuación, en la idea de que el pensamiento colectivo de nuestras organizaciones contribuirá a completarlas, matizarlas, enriquecerlas o, si es necesario, rechazarlas. Nombrar el mundo es una forma de pensarlo, y pensarlo es imprescindible para actuar conscientemente y transformarlo. El anarcosindicalismo ha recurrido demasiado, en las últimas décadas, a la “externalización” del pensamiento y la estrategia. Nos negamos a pensar y debatir, para no “crear problemas”, y acabamos dejando en manos de “expertos” de la socialdemocracia la tarea de orientarnos y nombrar el mundo que nos rodea. Vayamos con las tesis:
Primera tesis: un sindicato es una organización laboral.
Por tanto, tiene que estar inserto e integrado estrechamente en la vida de la clase trabajadora y conocer al detalle las reivindicaciones y las necesidades de dicha clase. No somos (o no debemos ser) el Partido Anarquista disfrazado de sindicato, lo que no excluye que pueda haber otros espacios para ello. Pero sí debemos estudiar rigurosamente la composición de la clase trabajadora de nuestro país, sector y empresa. Sus deseos, sus sueños, sus luchas, sus contradicciones y sus potencialidades.
Segunda tesis: un sindicato es una organización de toda la clase trabajadora.
Eso excluye quedarnos encerrados en luchas corporativas o localistas. Hay que superar el sindicalismo que sólo se expresa en el centro de trabajo. El federalismo de nuestras organizaciones tiene como origen la necesidad de la acción coordinada más allá de la empresa. Plantear tablas reivindicativas comunes (y aún nacionales), abrir debates y alianzas que superen lo local, no permitir que la patronal pueda seguir enfrentando a los distintos fragmentos de la clase trabajadora entre sí, por su tipo de contrato, su lugar de residencia o de origen, su género o su orientación sexual, su tradición ideológica, etc.
Tercera tesis: un sindicato no es sólo una organización laboral.
Un sindicato anarcosindicalista tiene un horizonte totalizador de la vida obrera y de la sociedad en su conjunto. Tiene un discurso y una práctica de lucha en el ámbito de la vivienda, de las reivindicaciones de la juventud, de la igualdad de género, del antimilitarismo. La clase trabajadora está compuesta de personas reales, con vidas concretas, no de sombras teóricas y abstractas. Hemos nacido en una cultura, vivenciamos un género (o no), practicamos una religión o tenemos una cosmovisión laica o atea. La clase está constituida por personas que tienen más horizontes vitales que la jornada laboral. Conocer a la clase es intervenir, también, en esos espacios favoreciendo las perspectivas de la autoorganización y de la convivencia comunitaria entre iguales. Creando trama contra el poder capitalista.
Cuarta tesis: un sindicato no está solo en el mundo.
Las alianzas son la principal decisión estratégica de cualquier organización. Hay más sindicatos. Hay asociaciones representativas de otros sectores laborales y sociales (plataformas de autónomos, asociaciones profesionales, colectivos feministas, grupos ecologistas, asambleas barriales…). Hay organizaciones políticas revolucionarias y reformistas. El anarcosindicalismo necesita de una política de alianzas amplia y abierta, que no sólo se base en lo que los otros grupos “dicen” (su supuesta afinidad ideológica) sino también en las necesidades estratégicas del momento (lo que “hacen” en un contexto determinado puede acercarnos momentáneamente y crear las bases y la confianza para colaboraciones más amplias y para una influencia mutua).
Quinta tesis: un sindicato es una escuela obrera siempre abierta.
El sindicato aprende con el debate. Es un aula sin muros ni barrotes en las ventanas. Tiene que ser un espacio en el que se cree y se intercambie conocimiento. Hay que reventar las “tuberías” que encauzan la información técnica sólo hacia algunos cargos o expertos. Las vías para aprender y enseñar tienen que estar siempre abiertas. Es un objetivo estratégico fundamental: capacitar a la clase obrera para dirigir colectivamente la economía y el mundo. Como decía Salvador Seguí:
“Hay que capacitarse y organizarse para el día del triunfo (…) Sin eso no se consigue nada. Sin eso todas las luchas son absolutamente inútiles; por eso hay necesidad -y a ello os invito, compañeros y amigos- de que nos preparemos, de que nos capacitemos, de que nos organicemos.”
Sexta tesis: un sindicato lleva la iniciativa.
La actividad sindical revolucionaria tiene que huir de las rutinas grises y de la perspectiva burocrática de las luchas. Hay que estar empujando siempre. Resolver las contradicciones por la acción, como decía Abraham Guillén. Acción en la empresa, adaptación activa a las mutaciones del mundo del trabajo contemporáneo, experimentación recurrente, impulso de nuevas formas de lucha, solidaridad en actos con las personas represaliadas por la patronal y el capitalismo en su conjunto, propaganda por los hechos, iluminación de las iniciativas reales y prácticas que anuncian un mundo nuevo. “¡Audacia, más audacia!” decía Auguste Blanqui a las puertas de la Comuna de Paris. “Cree a quien lo ha intentado”, escribía el poeta latino Virgilio.
Séptima tesis: un sindicato transforma el mundo.
Más allá del fatalismo y del derrotismo que tratan de inyectar en nuestras mentes desde los púlpitos académicos, las redes sociales y los medios de comunicación mainstream, las luchas sirven y crean. El mundo sería muy distinto si no lucháramos, si no ilumináramos cada día posibilidades vitales diferentes. No debemos pasar de la derrota temporal al derrotismo permanente. Es necesario un “optimismo intransigente” como decía Francisco Carrasquer. En los tiempos oscuros las luces encendidas son más necesarias que nunca. No hay caminos rectos en el mundo, pero la Humanidad ha ido avanzando en la Historia a pesar de todos los horrores y todos los errores, superando siempre las costras de odio que la han bloqueado temporalmente. La lucha por la justicia crea el mundo y la esperanza que lo ilumina. Estamos vivos y luchamos, eso es suficiente.

Este texto se publicó en el Libre Pensamiento nº 124 – invierno 2025



