Decrecimiento, reparto y revolución.

Chema Berro – CGT Navarra

Decrecimiento

Que vamos alguna forma de decrecimiento parece evidente, nos vendrá impuesto de malas maneras si no lo impulsamos de una manera decente.

Cuando hablamos de decrecimiento tenemos que hacerlo pensando que a nosotrxs nos toca decrecer. Cuando hace cien años las personas ricas éramos cuatro no generábamos ningún problema ecológico ni medioambiental ni de agotamiento de recursos. Son problemas creados por la democratización de la riqueza y el acceso a un consumo importante de unos millares de millones de personas.

En nuestra sociedad el nivel de consumo de buena parte de personas asalariadas es insosteniblemente alto. La normalidad de un par de vehículos por unidad de convivencia y la de la segunda residencia, y el viajar con frecuencia de la una a la otra, además de escapadas esporádicas de más altos vuelos, es una normalidad insostenible.

También es cierto que hay gentes con niveles de consumo superiores o muy superiores que deberán decrecer más o mucho más, pero no hay que olvidar que son muchas más las personas con nivel de consumo inferior o muy inferior, que deben decrecer menos o incluso que deben seguir creciendo. Mirar hacia arriba alimenta la aspiración a más capitalismo, solo mirar hacia abajo empuja a pensar en otra cosa.

Reparto

Socialmente el decrecimiento solo puede plantearse acompañado de unos grados de igualdad muy superiores a los actuales. Para impulsarlos tenemos que poner en el centro el reparto y los repartos, a nivel interno y a nivel mundial.

Hay que hablar de reparto de recursos, no de la riqueza. La riqueza, la entrada en el consumo superfluo es un mal en sí. Es la que ocasiona los problemas ecológicos y medioambientales y el agotamiento de recursos. Somos lxs ricxs quienes más los generamos, mientras, por el contrario, son lxs pobres quienes antes y más gravemente los padecen.

Si hablamos del reparto de la riqueza cabe la posibilidad de engañarnos pensando que se reduce a un reparto interno y que nos va a tocar repartir con Ana Botín o con Amancio Ortega. Y no es así, lo real es la posibilidad que asoma al hablar de reparto de recursos, de que a una persona con salario medio de los países del Norte la toque repartir con dos personas de los países del Sur, y que a la Botín o al Ortega le toque hacerlo con dos o con veinte mil de ellas.

Como organización sindical la CGT debemos poner en el centro o en el inicio del reparto el reparto del empleo y de los recursos.

El reparto del empleo incluye la reducción de la jornada con incorporación del empleo equivalente. Pero la reducción de la jornada, la propuesta por la ministra del ramo o la de treinta horas de CGT, en la actualidad no implica en sí misma reparto del empleo.

Reducción de jornada con incremento equivalente de plantillas. Con la empresa habría que negociar el incremento de la masa salarial, y con las plantillas su reparto interno, que necesariamente tendría que implicar un recorte de los abanicos salariales, aboliendo así la separación entre personas con empleo y paradas y entre fijas y precarias, también las horas extras y las dobles escalas salariales.

La reducción de jornada para el reparto del empleo no solo viene marcada por el porcentaje de paro. Habría que tener en cuenta la cantidad de empleo a abolir, como el generado por las industrias nocivas como las de armamento (y el número de empresas que trabajan para ella está creciendo exponencialmente) y las relacionadas con toxicidades aparentemente menores como la hipermovilidad y turistificación… y otras muchas, todas las que mueven el dinero sin generar recursos ni bienes. Además, habría que tener en cuenta que ese reparto del empleo, como el de los recursos, tiene que contemplar la actual situación mundial. Seguramente la jornada de treinta horas de empleo resultaría excesiva.

Requiere todo ello importantes cambios en las formas de vivir y de pensar. Si no estamos convencidos de que se puede vivir mejor con menos y no somos capaces de ir extendiendo ese convencimiento este planteamiento resultará imposible. Pero todo lo demás es capitalismo, mientras que el reparto es incompatible con él.

Revolución

¿Habrá que hacer la revolución, por tanto? Depende del concepto que tengamos de ella. La revolución entendida como proceso de enfrentamiento que se concreta en un momento más o menos violento en el que sustituimos el modelo capitalista por otro comunista, en el que lo que varía es la propiedad, pero no el ánimo que los rige, es pura nostalgia.

Si el capitalismo es un sistema económico y, además, un modelo de sociedad basado en el incremento sin fin de la producción y el consumo, el capitalismo está derrumbándose ya. Su supervivencia como sistema solo es posible comiéndose el modelo de sociedad (la del bienestar, la de los derechos, la de servicios públicos universales… y la de la democracia política) que había construido para una parte del mundo.

Hoy el anticapitalismo real y posible debe operar sobre el modelo de sociedad, es la salida del capitalismo. Individualmente, rescatando nuestras vidas del modelo productivista consumista, y colectivamente, construyendo sociedad y posibilidades de vida fuera del capitalismo. La salida del capitalismo contribuiría a su desmoronamiento y, a la vez, posibilitaría que su más que probable derrumbe no arrastre tras de sí a toda la sociedad.

Una forma de ver las cosas que poco tiene que ver con el planteamiento clásico de revolución como enfrentamiento y menos todavía con el de enfrentamiento violento, apuntando más en la dirección de la recuperación de nuestra capacidad de decisión, la objeción de conciencia y la desobediencia.

Pasos concretos a dar

Paso previo sería que nosotrxs hagamos una opción clara y compartida, que pudiera darnos entidad organizativa y una dirección a nuestros esfuerzos.

Desde lejos, desde mi participación exclusiva en CGT Pamplona y en lo que me llega a través de ella, veo una CGT dispersa y, quizá, entretenida. Haciendo un papel meritorio en algunos terrenos pero sin encarar los problemas más acuciantes y de fondo. Eso, sin estar mal, sirve más para la propia marcheta que para ejercer una influencia en la situación laboral y social, y en la marcha del mundo. Un “lo que sea, ya sonará”.

El mismo acuerdo de trabajar por la jornada laboral de treinta horas (sin reducción salarial, faltaría más, que nadie se meta con nuestro bienestar entendido como nivel de consumo) ha quedado en eso en mero acuerdo declaración, sin ningún trabajo siquiera sea de propaganda, sin impulso y, por supuesto sin ninguna realización o avance en esa dirección.

Si nuestra opción fuera la del reparto del empleo habría que iniciar una campaña de propaganda, de razonamiento que ayudase a hacerlo ver como necesario y conveniente.

Pero la propaganda sola nunca es suficiente, sirve para atraer algunos sectores próximos y para meter el dedo en el ojo de otros, pero en sí misma no alcanza eficacia. Simultáneamente tendríamos que trabajar por impulsar el reparto en los sitios y en la medida o grado tan alto como pudiéramos. La mejor propaganda es nuestro propio quehacer.

Tendríamos dos vías para llevarla a cabo. Una sería por negociación colectiva en las pocas empresas que tuviéramos fuerza para ello, en la que volcaríamos el apoyo de toda la organización. Reducción horaria con incremento de plantilla equivalente, negociación con la empresa de incremento de la masa salarial –también a ella se le debe exigir una contribución- y puesta de acuerdo entre los trabajadores del reparto de la probable reducción de salarios

La segunda sería la de llevarlo a cabo por voluntad propia, ejercida individual o grupalmente, dejando constancia de que esa reducción es por motivos de conciencia y exigiendo a la empresa que acarree contrataciones equivalentes, a sabiendas de que la reducción de jornada es nuestro compromiso y que la exigencia de sustitución podemos o no conseguirla.

Es una opción que puede ser favorecida si en el convenio se recogen modalidades de reducción horaria a las que acogerse individual y voluntariamente; nosotrxs siempre intentaríamos hacerlo grupalmente. Si el convenio colectivo no ayuda, siempre nos quedarán las posibilidades de acogernos a las formas de reducción de jornada y/o excedencias que recoge la ley. Y si tampoco éstas nos avalan, habrá que plantearse decidir nuestro propio tiempo de trabajo, desobedeciendo por motivos de conciencia. Seguro que nos creará problemas, seguro también que el respaldo de toda la organización sería el máximo.

La reducción de jornada pudiera ser en horas/día o en semanas o meses/año, la forma que consideremos más factible. Las de carácter voluntario sería por un periodo de tiempo determinado, pudiendo prorrogarse o pudiendo no hacerlo. Un factor que ayuda sería el mantenimiento de la cotización a la SS aunque el salario disminuyera, normalmente nos preocupa más el futuro; algo que se contemplaba en el Decreto Ley 39/2014 del Gobierno de Navarra sobre medidas por el reparto del empleo en la administración.

Una opción que cuesta plantear y tomar la decisión, pero quien prueba habitualmente repite, es lo que pasó con las personas que se acogieron a ese Decreto Ley. Cambiar dinero por tiempo y calidad de vida es satisfactorio.

Nuestra mejor propaganda pasaría a ser el airear lo que en ese terreno pudiéramos ir consiguiendo, procurando su extensión por contagio.

Y mucho más.

El reparto del empleo pudiera ser crucial en el sindicalismo, pero hay muchos aspectos más, aunque no haya tiempo ni espacio.

Anteriormente el sindicalismo se denominaba “la cuestión social”. El sindicalismo debe estar implicado en todas las problemáticas sociales: vivienda, inmigración, feminismo, alzas de precios, armas, guerras, políticas impositivas y presupuestarias, etc., y esa implicación debe extenderse del conjunto de la organización a cada una de sus secciones sindicales. El sindicalismo encerrado en la empresa tiene enorme riesgo de corporativismo y muchas posibilidades de acabar como juguete de la empresa. El sindicalismo salarial es muy ineficaz, lo que arrancamos por un lado nos lo quitan por otro.

El sindicalismo preocupado solo por las relaciones laborales y no por qué se produce es no significativo.

La estructura de industria o ramo (vertical), con numerosas ventajas, tiene más riesgos de ese reduccionismo sindical. Por el contrario, la territorial (horizontal) y los sindicatos únicos de localidad posibilitan más su apertura e implicación en todo otro tema.

Este texto se publicó en el Libre Pensamiento nº 124 – invierno 2025