La CGT en el laberinto. Construir la esperanza

Guillem Prats Ejarque, Sindicato de Oficios Varios de Sabadell
María Leo Montes, Sindicato de Enseñanza de Madrid

La CGT es la organización pretendidamente revolucionaria más grande del Estado. Estamos en crecimiento constante de afiliación, creando nuevos sindicatos, ganando varias huelgas, etc. Somos la tercera fuerza sindical en volumen de afiliación. A nivel sindical, nos hemos consolidado en la mayoría de los territorios del estado como la alternativa al sindicalismo mayoritario de CCOO y UGT. Pese a estos datos y este crecimiento, la sensación que mayoritariamente impera entre las personas que en su día a día sacan adelante el sindicato es de desánimo y frustración. Hay una miríada de motivos que explican esto, pero uno de los principales es la falta de manos. El crecimiento en afiliación que estamos experimentando no ha ido correlacionado con un crecimiento significativo en militancia, lo que ha acarreado una mayor carga de trabajo para las mismas pocas personas, todo esto, para más inri, en un contexto de clara regresión social.

Las preguntas de esta jornada de debate planteada por Libre Pensamiento no nacen del vacío, sino que responden justamente a este contexto actual del sindicato. No tenemos las respuestas a estas preguntas. De hecho, dudamos que alguien las pueda tener. Pero con la esperanza de que colectivamente podamos decidir alguna estrategia a seguir, intentaremos sintetizar en las siguientes líneas nuestra visión, parcial y sesgada, de algunos de los principales problemas que tenemos como organización, con el convencimiento de que solo podemos avanzar con un correcto diagnóstico de la situación actual. Probablemente este texto molestará a bastante gente, por duro y pesimista. Es expreso. Hay también muchos éxitos y cosas buenas en cómo estamos trabajando en CGT. Pero ya los conocemos, y no buscamos recrearnos en eso, sino hacer un ejercicio calmado de autocrítica para abordar algunos de los grandes problemas que presenta ahora mismo nuestra organización. Si no afrontamos estas realidades, nos quedaremos totalmente desfasados como organización. Como se trata de un texto de análisis largo y que toca muchos palos, lo hemos dividido en varios bloques temáticos.

Falta de implicación de la afiliación, y de la militancia, en el funcionamiento del sindicato.

La estructura organizativa de la CGT, aunque anacrónica en algunos aspectos, está pensada para garantizar la máxima horizontalidad en su proceso de toma de decisiones. Las asambleas de los sindicatos deciden sobre las cuestiones correspondientes a su ámbito de actuación, y cuando hay cuestiones de ámbito territorial/sectorial superior, se decide entre las distintas asambleas, con voto ponderado en comicios de ámbito superior, ya sea una Conferencia, un Pleno o un Congreso. Como no se pueden organizar este tipo de comicios orgánicos con la frecuencia del ritmo de los tiempos, tenemos las plenarias, donde se toman estas decisiones de forma supuestamente más ágil. Estos son los órganos ejecutivos del sindicato. Y los secretariados permanentes son meros órganos de gestión que deben desplegar los acuerdos mandatados por estos órganos.

Esta estructura, que nos ha costado bastante poder resumir en un párrafo, inteligible para un público que ya conoce como funciona el sindicato, resulta muy abstrusa y desconocido para el grueso de nuestra militancia, ya no hablemos de nuestra afiliación. Cuando una persona se afilia a la CGT, desconoce absolutamente todo sobre nuestra organización interna. En una gran mayoría de los casos, se afilia para dar apoyo a un sindicato que le ha ayudado, y de paso tener acceso a asesoramiento sindical y legal de un sindicato combativo, dado el desencanto con las organizaciones sindicales mayoritarias. En algunos casos, esta persona quiere militar en el sindicato, mayoritariamente en su empresa, motivado a menudo por alguno conflicto laboral concreto. En menos casos aún, esta nueva afiliada quiere implicarse en la vida del sindicato porque cree en el proyecto sindical y político de la CGT.

En tanto que sindicato anarcosindicalista, CGT pretendemos ser una organización horizontal y asamblearia, que implica a sus afiliadas en la vida orgánica del sindicato, y en la que estas son iguales en los mecanismos de toma de decisiones. Recordemos siempre que la máxima básica de un sano funcionamiento asambleario es que las decisiones que se toman en la asamblea deben partir de una asamblea informada. Lamentablemente, esto no suele ser así.

Existen varios motivos, algunos de ellos de difícil solución en el corto plazo: la distribución desigual de las horas sindicales, la militancia en otros espacios fuera del sindicato, la desconexión de la mayoría de la afiliación de cualquier espacio del sindicato que no sea su propia sección sindical… Todas estas son problemáticas comunes que encontramos con frecuencia en todos los espacios de nuestro sindicato y que fácilmente reconoceremos, independientemente del sector en el que estemos. Reflejo y consecuencia de esto, lo que acaba ocurriendo demasiadas veces es que son las mismas personas quienes ocupan los distintos cargos orgánicos del sindicato durante muchos años porque nadie más quiere asumir la carga, tanto de trabajo como personal, que supone esto.

Estas dinámicas, que llevan a la “especialización sindical” de una pequeña parte de la afiliación, son muy perniciosas para la salud de la organización, dado que se acaba promoviendo (generalmente muy a pesar de estas personas) una cultura de la delegación por parte del resto de la afiliación en ciertas personas, bajo el argumento de que están más “formadas” y “preparadas”, por su experiencia sindical en estos cargos. Además, generalmente acaba ocurriendo que esta militancia especializada es la que acaba participando más activamente en el sindicato, y como consecuencia asumiendo cargos orgánicos, en un bucle que se retroalimenta. Pero esto no solo es pernicioso para la salud de la organización, sino también para la propia salud mental de esa militancia más implicada. Todas hemos visto casos de militantes excelentes que después de encadenar varios cargos en distintos espacios orgánicos han dejado la militancia activa por acabar totalmente “quemadas”. Y en la otra cara de la moneda, esta manera de funcionar puede disuadir de militar de forma más activa a parte de la afiliación, que no puede o no quiere asumir los costes personales que conlleva llegar a estos niveles de implicación. Este hecho, además, presenta un claro componente de género, ya que resulta en la expulsión de facto de muchas mujeres de la estructura orgánica del sindicato, por la imposibilidad de conciliar trabajo y labor sindical con los cuidados y tareas domésticas que aún hoy siguen recayendo desproporcionadamente en ellas.

Los datos recientes demuestran que somos un sindicato muy efectivo a nivel de acción sindical, tanto por la conflictividad de las huelgas como por la cantidad de huelgas ganadas o la acción sindical directa que llevamos a cabo. Pero como organización debemos plantearnos si esta efectividad debe ser a costa de las personas que tiran adelante este sindicato. Y, asumiendo que no deberíamos pagar este precio, es necesario reflexionar y buscar una solución a esta situación sin perder efectividad. Nuestro modelo sindical no puede basarse en una máquina de quemar militancia, donde el desarrollo efectivo de las tareas que corresponden al sindicato resulte en problemas personales, agotamiento y, muchas veces, una saturación absoluta que lleve al abandono de la militancia activa.

Si analizamos la problemática desde la óptica anarcosindicalista, tanto el diagnóstico como la solución (al menos parte de ella) son claros: si el problema es la enormidad del trabajo que suponen ciertas tareas sindicales, la solución es socializar estas tareas. Fácil de decir en la teoría, difícil de aplicar en la práctica, se puede empezar aplicando este principio a las responsabilidades correspondientes a los cargos orgánicos.

De este modo, no sólo implicaríamos a una mayor parte de la afiliación en las responsabilidades orgánicas y en el día a día del sindicato, lo cual debería ser la praxis habitual en una organización anarcosindicalista como lo es la CGT. También descargaríamos de trabajo estos cargos, favoreciendo la rotación y reduciendo la diferenciación entre una militancia “especializada” e implicada, y otra que delega y no participa en el día a día del sindicato.

Si dejamos de tener secretarías unipersonales, la carga de trabajo se diluye. Esto es algo que ya hemos propuesto previamente en ponencias de Congresos, pero que seguimos pensando que es necesario. Si no queremos un sindicato de delegadas, necesitamos que las representaciones sean corales, para que la enorme carga de trabajo que conllevan sea asumible con nuestros ritmos vitales. Además, estas secretarías corales facilitarían también la transmisión de conocimiento dentro del sindicato, permitiendo que personas con más experiencia acompañen a nuevas militantes, reduciendo también así la presión y la sensación de no ser suficientemente capaces que sienten las personas que se acercan por primera vez al sindicato como para ocupar cargos orgánicos, o ya directamente militar activamente. Y sin decirlo explícitamente, esta es una medida que también incorpora perspectiva feminista, puesto que estas dudas y miedos (el llamado Síndrome de la Impostora) tienen muchísima más incidencia en mujeres.

El sindicato-gestoría

Enlazando con el punto anterior, está lo que ya apuntábamos al principio del texto, es decir, que el relevo de las militantes activas que están al frente del sindicato no se da al mismo ritmo que el aumento del trabajo generado por una mayor necesidad de asesoramiento de nuestras afiliadas, así como la presencia del sindicato en un mayor número de conflictos. Así, esta dinámica de crecimiento actual, en vez de repercutir en un aumento significativo de nuestra capacidad de trabajo como organización, se convierte en un aumento de la carga de trabajo de nuestras militantes.

Como organización anarcosindicalista, no pretendemos ser una gestoría de asesoramiento laboral, una dinámica que a menudo criticamos de las organizaciones sindicales mayoritarias. Ahora bien, es innegable que una gran parte de las tareas que nos ocupan en la actualidad son consultas de trabajadoras, afiliadas o no, que se acercan al sindicato por su problemática concreta, y que, una vez obtienen este asesoramiento, no vuelven al sindicato. A esto se le suma también la organización de elecciones sindicales, asesoramiento a nuestros comités de empresa / secciones con poca experiencia, etc. Normalmente la gran mayoría de estas consultas son de un cariz muy legalista y con un enfoque muy poco sindical, y se suelen resolver redactando recursos o denuncias a Inspección de Trabajo u organismos similares por parte de gente más experta; o directamente derivándola a servicios jurídicos, aumentando la sobrecarga que tienen estos.

Abordar esta cuestión requiere dos consideraciones. Por un lado, las tareas más enfocadas en el asesoramiento se tienen que hacer, porque son las que nos acercan a muchas trabajadoras que ven que el sindicato les ayuda y les da apoyo. Ahora bien, ¿es necesario que dediquemos militantes a esto, que podrían estar haciendo tareas de acción sindical en lugar de invertir su tiempo respondiendo preguntas básicas, presentando preavisos a elecciones sindicales, leyendo papeleo y haciendo burocracia inútil? ¿No sería quizá útil sistematizar algunas de estas tareas vía personal contratado? No planteamos que esto sea la solución, y no estamos a favor de la profesionalización de la tarea sindical, pero viendo el volumen cada vez mayor de tareas mecánicas que esto representa, creemos que es una opción que vale la pena poner sobre la mesa. También deberíamos aprovechar el tamaño y la experiencia de la gente de nuestra organización para ayudarnos mutuamente con estas tareas: necesitamos canales de comunicación más ágiles, como han demostrado Coordinadoras como la de Informática, el SAD o Investigación y Universidades para no estar como Sísifo haciendo la misma tarea mil veces en distintos lugares, y poder aprovechar el conocimiento colectivo de nuestras compañeras. Además de agilizar bastante las tareas burocráticas, esto estrecha relaciones entre militantes, y va generando redes que en momentos de conflicto álgido son útiles y necesarias pero que tienen que tejerse poco a poco.

Por otro lado, está la cuestión más ideológica. ¿Qué es la acción sindical directa? ¿Estamos realmente vaciando de contenido los comités de empresa, lo cual fue el planteamiento original de la CGT en el momento de la escisión? ¿O quizá hemos entrado sin querer en el juego institucional Comité-Patronal, convirtiéndonos en una especie de CCOO con un barniz más combativo? Lo que debería distinguirnos como CGT es nuestra aproximación a la acción sindical desde el conflicto y la acción directa fuera de los canales institucionales. Lamentablemente, demasiadas veces (con muchas y muy importantes honrosas excepciones), por falta de fuerza sindical o por pura inercia, tendemos a judicializar los conflictos, o canalizarlos vía mesas negociadoras o comités de empresa. E insistimos, hay muchas y muy importantes excepciones de secciones sindicales que sacan adelante mucho trabajo con una línea muy combativa, y de las que tenemos mucho que aprender, pero como también hemos dicho al inicio, este texto quiere poner el foco en lo que no funciona y tratar de proponer soluciones, y no tanto hacer una recopilación de buenas prácticas. Desde nuestro punto de vista, esto también nos pasa muchas veces porque nuestras secciones sindicales no tienen una guía o asesoramiento que las acompañe a adoptar una postura más combativa y menos institucional ante el conflicto con la empresa. Y cuando desde el sindicato no se acompaña, lo fácil –que muchas veces además se percibe como única opción– para las secciones sindicales es seguir el camino marcado, es decir: Negociación – Denuncia – Juicio, con alguna campaña pública de por medio, pero sin llegar a mayores.

¿Como revertir esta dinámica? Para desarrollar un modelo de acción sindical verdaderamente combativo, tenemos que partir de que es necesario un acompañamiento mucho mayor a las secciones sindicales. No toda nuestra gente está en el mismo nivel de conflictividad ni está dispuesta a llegar a los mismos niveles de lucha. En un contexto global de retroceso de las ideologías de izquierdas, para una gran parte de la población ya el mero hecho de sindicarse se considera una acción casi revolucionaria, puesto que el miedo a la represión existe desde antes del momento de afiliarse. No podemos pretender que las secciones sindicales se partan la cara y se arriesguen a despidos, represión sindical, sin que desde el sindicato se les preste todo el apoyo, análisis de la situación y se piensen con calma todas las estrategias posibles, ofreciéndoles los recursos necesarios para desplegarlas. Y aunque esto ya se hace, creemos que si queremos expandirnos y aumentar nuestra efectividad sindical deberíamos ser aún más proactivos en este acompañamiento. Si la línea de la acción sindical que planteamos es más “agresiva”, eso tiene que significar que las secretarías de acción sindical han de estar muy presentes en el día a día de nuestras secciones, para poder guiar mucho más la línea de acción, y que el apoyo mutuo del que hablamos se sienta en el día a día. Necesitamos que cualquier militante de la organización sepa quién es esa figura de acompañamiento de su sección sindical a la puede recurrir, y que las secciones no se sientan gotas perdidas en el océano abandonadas a la deriva sino parte de una red organizada en la que estén claras las funciones de cada cual.

Sabemos que ahora mismo las secretarías de acción sindical no pueden asumir este nivel de acompañamiento –principalmente por falta de manos, pero no es desdeñable tampoco la ausencia de formación en estrategia y conflicto sindical–, lo que nos lleva de nuevo al punto anterior: es necesario ampliar los miembros efectivos de los secretariados permanentes, y generar un mayor número de cuadros militantes capaces de poder realizar esta tarea de acompañamiento.

Falta de perspectiva de género, y formas patriarcales de relación entre los compañeros.

Sinceramente, consideramos que la perspectiva de género debería impregnar todo lo que hacemos, todo el rato, y ser tan innegociable como nuestro punto de vista anarquista, por lo que esta sección debería ser superflua. No somos tan ilusas.

Militamos en un sindicato mucho más masculinizado de lo que nos gustaría. Y con esto no nos estamos refiriendo solo a que haya una mayor participación de los hombres. Aunque en todo lo que hemos propuesto hasta ahora hemos intentado aportar esta perspectiva feminista, en aras de destacar la importancia que tiene, consideramos que la cuestión de género merece una sección aparte.

Muchas veces se ha puesto sobre la mesa la menor proporción de mujeres en posiciones destacadas del sindicato, ya sea en los distintos secretariados permanentes o incluso como delegadas en sus respectivas secciones sindicales. Las plenarias confederales suelen tener una abrumadora mayoría de hombres, las caras visibles de los sindicatos y secciones sindicales suelen ser hombres, etc. Pese a que en algunos sectores y territorios esta dinámica está cambiando poco a poco, es una realidad que vemos en general en el día a día del sindicato. Pero más allá de un intento de llegar a una paridad en los puestos de relevancia del sindicato, este hecho es causa y síntoma de una problemática mayor.

En ciertos sectores hay mucha preocupación por poner a mujeres en los secretariados permanentes para cumplir con una paridad estética, pero no efectiva, a modo de legitimación de un discurso pretendidamente feminista en las formas, pero patriarcal en el fondo. Esto acaba resultando a menudo en el ninguneo de las mujeres militantes, que, pese a las dificultades, asumen responsabilidades en el sindicato. Y muchas veces esto genera a la vez la necesidad de que estas mujeres adopten estas mismas formas patriarcales para poder sobrevivir a un espacio que les es hostil.

Los Congresos/Plenos/Plenarias, en lugar de ser un espacio de debate y toma de decisión política son un lamentable espectáculo de testosterona donde se decide la línea de acción del sindicato entre gritos, violencia y amenazas. Si queremos abordar de raíz el problema del género, no se trata de reducirlo a la tan manida cuestión de que faltan mujeres al sindicato, sino de centrar el debate en cómo hacemos, entre todas las personas que militamos en la CGT, que este sea un espacio en el que las mujeres se sientan incluidas. Desde ahí ya llegará el aumento de participación, pero si tratamos solo los síntomas, la enfermedad no curarán unca.

El problema radica en que las formas de relación entre militantes del sindicato se basan en una confrontación constante, una nula apuesta por el diálogo (un diálogo real con apertura de miras, no un mercadeo de posiciones de poder) y una cerrazón absoluta contra quien piensa distinto. Hablar con alguien implica escucharle, pero en ocasiones parece que la mera posibilidad de cambiar o matizar nuestra opinión sea algo negativo dentro de nuestra organización. Es como si una vez posicionadas, no pudiésemos tender puentes con nuestras compañeras, sino que lo que debiéramos hacer fuera promover que este antagonismo siga creciendo. Y esto hace imposible, por un lado, la construcción de una organización que pueda avanzar, y por otro, la inclusión de perfiles, hombres o mujeres, con un talante más dialogante en la organización del sindicato.

Por último, pero no menos importante, tenemos que hablar de acoso, y en particular de acoso sexual o por razón de género. Los mecanismos para luchar contra el acoso sexual en el seno de nuestra organización son básicamente inútiles y no hemos sido capaces como organización de dotarnos de herramientas efectivas para luchar contra esta lacra. Tenemos un protocolo de acoso ineficaz, que no dota de herramientas ni guía a la comisión contra el acoso para tomar sus resoluciones ni tampoco para orientar en la investigación del caso. Este protocolo se utiliza más como arma arrojadiza o como castigo que para afrontar casos de acoso, que en más de una ocasión han quedado cubiertos por un silencio cómplice y que se olvidan hasta que la víctima acaba siendo expulsada, tanto pasiva como activamente, de la organización. Hemos perdido a muchas mujeres muy capaces en los últimos años por este tema, y seguro que podemos sumar muchas más de las que no somos conscientes quienes escribimos este texto.

Solemos decir que llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones. Pero quizá habría que sacarlo del corazón y empezar a crearlo en nuestra organización. Un mundo más amable, más dialogante, un mundo que valga la pena construir. No las ruinas que estamos dejando, y por las que no dan muchas ganas de luchar.  Y esto nos lleva al siguiente punto, que ha sido probablemente el más duro de escribir para nosotras.

El faccionalismo no ideológico, sino por afinidades personales.

Históricamente la diversidad ideológica dentro del anarquismo ha sido enorme. Esta diversidad ideológica es normal y aceptable, incluso deseable, en una organización de masas como la nuestra. Cuando hablamos con militantes tanto de nuestra organización como de otras de estas cuestiones, es bastante común escuchar alguna que otra versión de la frase “una organización sin discusión es una organización muerta”. Y cuando en una organización política tan grande se agrupan distintas corrientes ideológicas, es normal que esto genere un conflicto en el campo de la confrontación de las ideas. Y estas confrontaciones a veces pueden ser cruentas si las posiciones llegan a un punto irreconciliable. A tenor de los resultados del último Congreso de la CGT (Zaragoza, 2022), podríamos hablar de dos grandes bloques confrontados en la organización. Ahora bien, ninguno de ellos es un bloque, ya no decimos homogéneo, sino coherente a nivel ideológico. Aún cuando podemos identificar fácilmente el posicionamiento de un sindicato u otro en una temática concreta según el bloque del qué forma parte, tenemos dudas serias de que esto se deba a las diferencias ideológicas de las que hemos hablado al inicio de este apartado y no más bien a un contexto de afinidades personales entre los distintos secretariados permanentes de una serie de sindicatos y federaciones que llevan tiempo actuando conjuntamente a fin de controlar el sindicato.

En ambos bloques, además, se genera una dinámica, intrínseca a cualquier grupo humano, pero no por eso menos criticable. Las decisiones importantes no se toman en asamblea. Se hablan en los bares, por teléfono, con colegas, en reuniones no oficiales, en grupos de mensajería, etc. Cuando llega el momento de la asamblea, se confrontan las distintas opiniones de los distintos grupos de afinidad y se reproduce a pequeña escala la misma dinámica de bloques. A menudo acabamos tratando de llevar el máximo de gente afín a las asambleas para imponer nuestra postura y de esta manera pervertimos su esencia:  la asamblea deja de ser un espacio seguro de debate, reflexión y decisión, y se convierte en un espacio de confrontación de decisiones tomadas previamente en otros espacios, con nuestros respectivos grupos de afinidad. Afiliadas y militantes que no se quedan a las cervezas post-asamblea, bien por afinidad, novedad o por carácter, desconocen estas cuestiones y observan la discusión de la asamblea como si un partido de tenis se tratara, siendo en la práctica expulsadas de esta mecánica si no quieren integrarse en ella. Romper con estas dinámicas de años es complejo y lo sabemos, pero hemos de hacer un esfuerzo colectivo para llevarlo a cabo. Estamos expulsando a gente del sindicato simplemente por no querer comulgar con ciertas prácticas, por no ser las personas más sociables del lugar, o de nuevo, por tener cargas de cuidados. Esto, además de ir en contra de nuestros propios principios, es algo que no podemos permitirnos estratégicamente.

Entrando ya más al corazón de la cuestión, nos encontramos con otra capa, y es que estos bloques aparentemente monolíticos no presentan diferencias ideológicas significativas. Sabemos que este comentario va a doler, pero después de darle muchas vueltas y hablar con mucha gente de la organización, creemos que es importante señalarlo.  Tendemos a demonizar radicalmente a las personas del otro bloque. Sin ni siquiera conocerlas ni haber hablado nunca con ellas, militantes de uno de los bloques suelen evitar activamente trabajar con militantes del otro. También tendemos a hacer una defensa acrítica de las personas atacadas del propio bloque por parte del otro, sin cuestionarnos absolutamente nada. En definitiva, solemos ver la paja en el ojo ajeno, pero no la viga en el propio. Para poder romper con esta dinámica, necesitamos desdibujar al “monstruo” que hemos creado en nuestra percepción, porque esto es lo que nos permite tender puentes con él.

Las principales diferencias ideológicas que podríamos señalar, y que sí creemos que es más o menos consistente en todos los territorios, es una mayor rigidez de la interpretación de los acuerdos y estatutos de la organización acompañado de un mayor purismo ideológico-discursivo,  una mayor cerrazón en la cuestión del género, una menor renovación de las caras visibles en esos sindicatos y una mayor reticencia a la colaboración con colectivos sociales externos a CGT por parte del bloque perdedor del anterior congreso.  Aun así, esto no es una máxima en el conjunto de sindicatos que forman parte de este bloque, y encontramos numerosas excepciones que nos han llevado a matizar este comentario. De hecho, en ambos bloques encontramos sindicatos que podrían compartir muchas de estas cuestiones, subrayando, como ya hemos dicho, que los bloques no son tan monolíticos y antagónicos como solemos contarnos. A modo de ejemplo, ni la rigidez interpretativa de los acuerdos ni la no renovación de caras son cuestiones que sean realmente representativas de un bloque, sino que encontramos ejemplos clamorosos en ambos bloques de acuerdos que se han interpretado de forma “flexible”, según interesaba a nivel estratégico. Y del mismo modo, en ambos bloques nos encontramos personas que llevan demasiados años al pie del cañón con liberaciones sindicales e intentando controlar todo lo que pasa en su sector o sindicato. Bajo este prisma, las diferencias entre los bloques se diluyen sobremanera.

De hecho, y pese a las grandes soflamas planteadas por uno u otro bloque, no vemos diferencias significativas en temas tan relevantes como el uso de las horas sindicales o el discurso político-social. A menudo, cuando personas sin un claro perfil político dentro del sindicato que pertenecemos a ambos bloques nos encontramos, es probable que lleguemos a acuerdos, incluso que compartamos posiciones. Sí que hay diferencias en la praxis sindical para llegar a una cosa u otra, pero dudamos hasta qué punto se trata de una diferencia real de praxis sindical, o sencillamente se trata de la inquina de “viene del otro, así que me opongo”.  Para poder empezar a construir la organización que queremos, y hacer los cambios que necesitamos para poder adaptarnos a nuestra realidad política y social, tenemos que romper de una vez por todas con esta dinámica de bloques.

Falta de coherencia ideológica y posicionamiento político del sindicato.

¿Una estructura política?

Somos un sindicato anarcosindicalista. ¿Qué significa esto? Más allá de interpretaciones que pueden hacerse en uno u otro sentido, como mínimo significa que no solo aspiramos a conseguir mejoras laborales y económicas concretas para la clase trabajadora del Estado, sino que pretendemos generar un movimiento y un posicionamiento político en esta para conseguir la subversión y la posterior emancipación de la clase obrera, es decir, la revolución.

Como sindicato, más allá de los puntos comentados anteriormente, lo estamos haciendo bastante bien. Estamos creciendo, estamos generando cada vez más conflictos, y ganándolos. Estamos empezando a consolidar cajas de resistencia en algunos sindicatos, sectores y territorios, una línea que hay que seguir ampliando. Lamentablemente, lo de hacer la revolución, lo llevamos un poco peor.

Asamblea de huelguistas de HyM en CGT Barcelona. 30 de julio 2024

Nuestra acción sindical se centra en los problemas concretos de cada empresa, nuestra acción social en participar en movimientos sociales y dar apoyo a las luchas y opinar sobre los temas políticos del momento. ¿Pero cuál es la propuesta política y revolucionaria que tenemos como CGT? Los partidos políticos tienen sus planteamientos y ejes discursivos para luchar en la guerra cultural. Como CGT participamos a remolque de estos, lanzando X o Y comunicado cuando acontece alguna cuestión de relevancia en la esfera político-parlamentaria –que suele ser como lo que dice Podemos o el partido de izquierdas más relevante de nuestro territorio–, pero un poco más radical. Pese al enorme potencial que tiene una organización de nuestro tamaño, no somos un actor político conocido ni que tenga relevancia o capacidad de influencia real en el debate público. Y si queremos encontrar maneras para lograr esta capacidad de influencia, necesitamos replantearnos como estamos funcionando. Un partido político, una organización social anarquista, o cualquier movimiento social, tiene militantes, que son quienes la hacen funcionar.

Nosotras tenemos pocas militantes y muchas afiliadas, lo cual sobreestima sobremanera nuestra capacidad de trabajo real, como hemos comentado antes. La gente comienza a ver en muchos territorios a la CGT como su sindicato combativo de referencia, pero no se ve a la CGT como una organización donde militar de forma prioritaria. Y esto nos lleva a esta falta de referencialidad política, porque nuestra militancia no considera que CGT sea su espacio de lucha política, solo de lucha sindical. Servimos para resolver conflictos laborales puntuales, pero la política de verdad se siente como tarea de otros espacios. Tenemos que lograr romper este molde que nos ata de manos y convertirnos en una organización que haga política social, en la que el eje sindicalismo y el eje revolucionario vayan de la mano en una relativa unidad de acción, convirtiéndonos así en un actor político que ponga sobre la mesa el ideal anarquista en el debate público y una visión alternativa del mundo y del sistema capitalista donde vivimos.

Sin tener la solución de nada, creemos que una posibilidad sería separar la esfera política de la esfera sindical. Es decir, ahora mismo la mayoría de nuestra militancia está absorbida por tareas en muchísimos frentes, y al final, al ser un sindicato, el eje sindical-laboral economicista e inmediato siempre pasará por encima de cualquier otra cuestión política (ver el texto anexado para más reflexión sobre esta cuestión). Y mayoritariamente, los militantes que hacen lucha sindical también son los que participan en una lucha más política. Necesitamos una mayor y mejor organización de nuestras fuerzas, y aumentar la dedicación de estas fuerzas a la lucha política.

Como ejemplo, si miramos la composición de nuestros secretariados permanentes, las únicas secretarías que asumen abiertamente una lucha política son las secretarías de Acción Social, y, parcialmente, Acción Feminista (Mujer en la mayoría del Estado, el nombre se comenta solo). El resto de las secretarías refieren totalmente a la acción sindical y a la gestión de los recursos, materiales y humanos, para poder realizarla.

Desde nuestro de punto de vista, se hace imperativa la creación de una estructura política radicalmente anarquista, integrada dentro de CGT, pero desvinculada del día a día más estrictamente sindical de la organización, que tenga la capacidad de poder presentar nuestro propio proyecto político-social, de forma atractiva para el conjunto de la población.

¿Como plantear esta estructura política? Consideramos que esto debe pasar necesariamente por un refuerzo real de las secretarías de Acción Social. Hay militantes que solo se acercarán a la CGT mediante la acción política, dado que la lucha sindical no les interesa por diversos motivos.  Se nos ocurren varias posibilidades, y no tenemos una conclusión clara a este respecto, pero una propuesta sería la reconversión de las secretarías de acción social en una suerte de segundo secretariado permanente enfocado en la lucha política. Por ejemplo, de la secretaría de Acción Social (la cual se podría renombrar como Acción Política, y que la secretaría de Acción Social se dedicara exclusivamente a la coordinación con movimientos sociales) podrían colgar distintas otras secretarías, que se elegirían también por Asamblea/Pleno/Congreso con el resto del SP, sobre las distintas cuestiones ideológicas que consideráramos, Vivienda, Ecologismo, Antifascismo, Acción Social/Coordinación movimientos sociales, etc. Esta estructura nos permitiría dar mayor relevancia a estas cuestiones y así acercar más gente al sindicato que quisiera militancia política y no laboral. Y al estar desvinculada esta estructura del día a día sindical, esto nos permitiría también dotarnos de un rumbo más trabajado a nivel político-ideológico, menos absorbido por la urgencia.

Más que una propuesta firme, esta es una idea que lanzamos para poder trabajar en la resolución de un problema que vemos grave. A lo largo del texto planteamos otras propuestas que también van encaminadas en esta dirección, y esta puede ser una más, o no, pero no queríamos solamente señalar los problemas sin proponer soluciones.

Estructuras sindicales del siglo XX para el siglo XXI. Adaptar nuestra organización para el momento actual.

Como hemos comentado antes, la estructura del sindicato es anacrónica y difícil de entender para el grueso de nuestra militancia. Nuestra estructura actual potencia sobre todo los sindicatos de ramo, que se crearon en cierto momento en la CNT cuando surgió la necesidad de organizar el sindicato de una forma más afín a la organización en ese momento del mundo del trabajo. En la actualidad, esto genera dos problemas: por un lado, la duplicidad de estructuras, puesto que en muchos SP se realizan tareas similares de forma paralela y aislada, y que los sectores que existían en aquel momento poco corresponden con la realidad laboral actual. Dada esta situación, podemos afrontarlo de dos modos. Una primera opción, aparentemente más obvia, sería aumentar el número sectores que tenemos para adaptarlo a la realidad sindical actual. Otra, más arriesgado, es reformular el grueso de nuestra estructura sindical.

Aquí queremos sumarnos al debate sobre la existencia de los sindicatos de ramo. Si queremos ser una estructura política, no podemos aislar las problemáticas sociales y nuestra lucha política-sindical en el espacio de un sindicato de ramo. ¿Por qué el Sindicato de Enseñanza de Barcelona tiene que organizarse aparte del Sindicato del Metal de Barcelona sobre cómo actuar ante un desalojo en un bloque de pisos en Barcelona? ¿Qué matices puede aportar una asamblea respecto a la otra que haga tan necesario que estén separadas? De hecho, en un caso así, lo más probable es que se tomen decisiones vía coordinación de las distintas secretarías de Acción Social de Barcelona y entonces se pase la acción a la militancia, con muy poca repercusión, porque no se habrá hablado en asamblea y, por lo tanto, la gente no se sentirá tan implicada.

Con este ejemplo tan sencillo queremos ilustrar la problemática que representa la dualidad Sector/Territorio que imbuye toda la estructura de la CGT. Una posibilidad para afrontar este problema sería volver a los sindicatos únicos, pero reformulados. En lugar de distribuir a la gente por sindicatos de ramo, y que las asambleas de estos hablen sobre las problemáticas del sector, podrían fusionarse los sindicatos por territorios, y reducir su tamaño para distribuirlo de forma territorial según la distribución de la población, por ejemplo, por barrios. De esta manera los sindicatos volverían a ser un espacio de debate sobre acción política y social, dado que este sería el nexo común de la asamblea. Y en el espacio laboral, se reforzaría el papel de las secciones sindicales, que de facto ya son para la mayoría de nuestras militantes su principal espacio de actividad sindical. Obviamente, esto en muchos casos tendría que ir acompañado de un aumento de la coordinación entre distintas secciones sindicales, o incluso de todo el sector –cuestión a la que actualmente le vemos más ventajas que inconvenientes–.

En la actualidad, esta función la están realizando las Coordinadoras, que no son ninguna estructura orgánica y que en ciertos casos sustituyen a las Federaciones Sectoriales. A día de hoy las Federaciones Sectoriales son básicamente una herramienta para repartir el dinero en las elecciones sindicales y, su papel en el día a día de la acción sindical, no digamos ya política del sector, suele ser más bien discreto. Esto nos pasa porque su papel lo están haciendo los sindicatos de ramo de forma mucho más cercana, por lo que solo se recurre a la Federación por cuestiones de ámbito muy global, o conflictos judiciales de ámbito autonómico o estatal, que apenas tienen importancia fuera de la Administración Pública.

Si apostamos por este modelo de sindicatos únicos, es condición indispensable reforzar por lo tanto las Federaciones Sectoriales, para que sean realmente útiles para el sindicalismo sectorial. Por un lado, necesitamos crear nuevos sectores más cercanos a la realidad del mundo del trabajo actual, para poder encontrar más puntos de lucha en común. Que las Federaciones no sean sencillamente un Secretariado Permanente que intenta dinamizar su sector desde arriba, sino que sean un espacio de encuentro entre militantes de CGT que quieren coordinar la lucha sindical de su sector. Porque si no, la militancia acaba ignorando estas estructuras por pura necesidad sindical, y creando estructuras de coordinación paralelas para poder hacer sindicalismo. Y que esto esté pasando a la vez en sectores muy diversos es un síntoma de que tenemos que cambiar cosas porque la estructura que tenemos en lugar de ayudarnos nos está dificultando nuestra actividad sindical.

Consideramos que este planteamiento (que surge periódicamente a debate en los Congresos) de una remodelación radical de nuestra estructura orgánica, aunque arriesgado, es la única forma que tenemos de poder acercar la estructura sindical a la militancia, y de este modo, implicarla, tanto en la lucha política, como en la lucha sindical.

Vuestro lujo, nuestra crisis climática. Acción directa no violenta de Futuro Vegetal y Rebelión o Extinción

Algunas conclusiones

Nos hemos dejado cosas en el tintero, pero creemos que el texto ya es lo suficientemente largo y toca bastantes temas como para poder empezar a tratar algunos de los problemas que tenemos que solucionar para avanzar como organización. Por tratar de condensar algunas ideas y en aras de facilitar el comentario del texto, dejamos aquí unos apuntes sobre los temas tratados:

  1. Tenemos que acabar con el faccionalismo actual, resultado de enemistades personales y de la patrimonialización del sindicato durante años por parte de algunas militantes. La confrontación debería mantenerse en el campo ideológico, no en el marco de consolidar las dinámicas de poder.
  2. En ese sentido, queremos reiterar la importancia de no permitir que nuestras militantes con cargos de representación los simultaneen con los de otras organizaciones, principalmente partidos políticos. Aunque está prohibido en los Estatutos, encontramos varias excepciones en todo el territorio. No podemos pretender ser una organización anarcosindicalista cuando algunos de nuestros cargos orgánicos militan activamente en otras organizaciones con un proyecto político distinto.
  3. Formación de cuadros militantes que se comprometan política y sindicalmente de forma prioritaria con el proyecto de la CGT. Pero para conseguir esto, debemos tener claro cuál es nuestro proyecto, y por tanto es esencial fortalecer el carácter político del sindicato, con el desarrollo de estrategias anarquistas a medio y largo plazo y no únicamente comidas por la urgencia del día a día. Para ello, proponemos la creación de una estructura política anarquista integrada dentro de la CGT.
  4. Si no queremos ser un sindicato de delegadas hemos de tomar medidas para evitar la creación de este cuerpo de militantes súper especializado. Para ello, proponemos tanto la rotación estricta de las horas sindicales como la separación de las tareas de militancia y las tareas estrictamente administrativas-legalistas. Debemos analizar cuál es el mejor modo para separar estas tareas, ya sea vía personal contratado o vía organización de las horas sindicales y asignación de tareas de los delegados a una u otra cosa. 
  5. Para fortalecer la participación de la militancia en la organización y la adopción de un perfil más político y ligado al territorio, es necesario una reorganización radical de nuestra estructura orgánica y de la distribución de tareas, que proponemos que se dé mediante la fusión de los sindicatos de ramo en sindicatos únicos, reduciendo su tamaño según su distribución territorial, incluso por barrios si es necesario. Esto tiene que ir acompañado del fortalecimiento de las federaciones sectoriales. También consideramos necesaria la creación de secretarías corales que distribuyan el trabajo y amplíen nuestra capacidad de acción.
  6. Por último, recalcamos que la perspectiva feminista de nuestra organización no puede ser papel mojado, sino un principio innegociable. Tenemos que cambiar las formas de relacionarnos y no permitir las discusiones y formas violentas en nuestras asambleas, plenarias, etc. Y para que esto no dependa únicamente de la buena voluntad de cada militante, debemos construir una organización que promueva esta forma de relacionarnos, tanto a nivel de toma de decisiones como con formaciones periódicas y obligatorias o el desarrollo de protocolos de cuidados no punitivistas.

ANEXO

Adjuntamos al final del documento un fragmento del artículo “Sindicalismo y anarquismo” de Malatesta, que pensamos que tiene especial relevancia en este debate.

Sindicalismo y anarquismo (Errico Malatesta, fragmento, 1925)

El sindicalismo (me refiero al «sindicalismo práctico» y no al «sindicalismo teórico», del que cada uno tiene una concepción distinta) es reformista por su misma naturaleza. Todo lo que se puede esperar de él es que las reformas que pretende y consigue sean tales y que las obtenga de modo que sirvan para la educación y la preparación revolucionaria y dejen la puerta abierta a demandas cada vez mayores.

Toda fusión o confusión entre el movimiento anarquista y revolucionario y el movimiento sindicalista resulta en volver impotente al sindicato para su finalidad específica, o en atenuar, falsear y aniquilar el espíritu del anarquismo.

Un sindicato puede fundarse con un programa socialista, revolucionario o anarquista y, de hecho, las diversas organizaciones obreras generalmente nacen con esos programas. Pero permanecen fieles al programa mientras sean débiles e impotentes, es decir, mientras sean grupos de propaganda iniciados y animados por unos pocos individuos entusiastas y convencidos en vez de organismos aptos para una acción eficaz. Luego, a medida que logran atraer a las masas a su seno y adquirir la fuerza suficiente para exigir e imponer mejoramientos, el programa original se transforma en una fórmula vacía de la cual ya nadie se preocupa; las tácticas se adaptan a las necesidades contingentes, y los entusiastas de la primera hora se adaptan ellos mismos o deben ceder su lugar a los hombres “prácticos”, que se preocupan del hoy sin que les interese el mañana.

Ciertamente, hay compañeros que, aun estando en las primeras filas del movimiento sindical siguen siendo sincera y entusiastamente anarquistas. Así como hay organizaciones obreras que se inspiran en las ideas anarquistas. Pero sería una crítica demasiado fácil ir buscando los mil casos en que aquellos hombres y organizaciones actúan, en la práctica cotidiana, en contradicción con las ideas anarquistas. Una necesidad lamentable, ¡lo admitimos! No puede uno actuar puramente como anarquista cuando se está obligado a negociar con los patrones y las autoridades; no puede uno dejar que las masas procedan por sí mismas cuando se rehúsan a hacerlo y piden, exigen jefes. Pero ¿por qué confundir el anarquismo con lo que no es anarquismo; y por qué asumir nosotros, en cuanto anarquistas, la responsabilidad de los compromisos vueltos necesarios justamente por el hecho de que la masa no es anarquista ni siquiera aunque haya escrito un programa anarquista en la creación de sus organizaciones?

A mi parecer los anarquistas no debiesen querer que los sindicatos sean anarquistas; pero deben actuar en su seno en favor de los fines anarquistas, como individuos, como grupos y como federaciones de grupos. De la misma manera en que existen, o en que deberían existir grupos de estudio y de discusión, grupos para la propaganda escrita u oral en medio del público, grupos cooperativos, grupos que actúan en las oficinas, en el campo, en los cuarteles, en las escuelas, etcétera, también se deberían formar grupos especiales en las diversas organizaciones interesadas en la lucha de clases.

Naturalmente, el ideal sería que todos fueran anarquistas y que las organizaciones funcionaran de una manera anárquica; pero está claro que entonces no sería necesario organizarse para la lucha contra los patrones, porque ya no los habría. Vistas las circunstancias tal cual son, visto el grado de desarrollo de las masas en medio de las cuales se trabaja, los grupos anarquistas no deberían pretender que las organizaciones actuaran como si fueran anarquistas, sino que deberían esforzarse para que éstas se aproximaran lo más posible a la táctica anarquista. Si, por el bien de la vida y las necesidades de la organización, encuentran que es realmente necesario transigir, ceder, y tener contacto impuro con la autoridad y con los patrones, que así se haga; pero que lo hagan otros y no los anarquistas, cuya misión es la de mostrar las insuficiencias y la precariedad de todas las mejoras que se pueden obtener en el régimen capitalista y de impulsar a la lucha hacia soluciones cada vez más radicales.

Los anarquistas en los sindicatos deberían luchar para que éstos permanezcan abiertos a todos los trabajadores, cualquiera sea su opinión y partido, con la sola condición de la solidaridad en la lucha contra los patrones. Los anarquistas debiesen oponerse al estrecho espíritu corporativo y a cualquier pretensión de monopolizar las organizaciones y el trabajo. Debiesen prevenir que los miembros de los sindicatos sirvan de instrumentos en manos de los políticos para fines electorales u otros propósitos autoritarios; debiesen predicar y practicar la acción directa, la descentralización, la autonomía, la libre iniciativa; debiesen esforzarse por que los miembros de los sindicatos participen directamente en la vida de las organizaciones sin necesidad de líderes ni de funcionarios permanentes.

Debiesen, en síntesis, seguir siendo anarquistas, mantenerse siempre en contacto con los anarquistas y recordar que las organizaciones obreras no constituyen el fin sino simplemente uno de varios medios, por importante que sea, para preparar el advenimiento de la anarquía.

Este texto se publicó en el Libre Pensamiento nº 124 – invierno 2025